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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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11 Mayo 2018 04:00:00
Hace una década
¿Cómo te ves dentro de 10 años? Es una pregunta que nos hacen con frecuencia y la mayoría de las veces respondemos imaginando un futuro mejor. Sin embargo, ¿recuerdas dónde estabas hace 10 años? Yo sí. 2008 fue determinante para mí, había regresado a México después de dos años de radicar en Buenos Aires y tenía en mis manos mi primera novela, publicada en septiembre del año anterior. Esto es un poco de lo que recuerdo de hace una década.

En enero, Argentina aún pulsaba en mi recuerdo y llegué a febrero arrastrando la cobija. Viajé a Chicago en plena precampaña de Obama, muchos creían que no llegaría. En la ciudad de los vientos conocí la nieve, la tuve por primera vez en mis manos. Me reencontré con Gina Wiberg y como se ve en las películas, hicimos muñecos de nieve en el jardín de su casa.

Llegó marzo y, en Semana Santa, conocí a quien sería mi novia los siguientes cuatro años, Nadir Chacín. En abril hice por fin la presentación de El Orden Infinito, me acompañaron Antonio Ramos y Daniel Sada. Cobijado por el Icocult, ese mes recorrí siete ciudades de Coahuila con Antonio Sonora como mi anfitrión y mi novela bajo el brazo.

El 6 de mayo abordé un avión rumbo a Europa, donde estuve cinco meses. Un mes de ese viaje acompañé a Massimo Falá, italiano mochilero que me enseñó a distinguir el valor de pesos y centavos.

Viví en casas de amigos en Lisboa, Madrid y Granada. Recorrí el calvario de García Lorca, estuve en su casa natal y en la Huerta de San Vicente. Fui a Viznar, a tratar de encontrar un rastro de su paradero.

En Toulouse aprendí algo de francés, viví tres meses en casa de Nicole Commels. Mi último mes en Europa me hospedé con Christian y Homar en Barcelona. Ahí me aficioné a ir a una playa nudista que me quedaba a la vuelta de la esquina y comencé a escribir La Columna Chueca, para compartir lo que veía y sentía en completa libertad.

En octubre, de vuelta en México, Arturo Pimentel me contó de algo que, me aseguró, cambiaría el futuro: Facebook. Noviembre se me fue sin sentir, reescribiendo mi novela de ese entonces, Cállate Niña.

Beto Gómez terminó el rodaje de su película Salvando al Soldado Pérez y en diciembre viajé a la FIL de Guadalajara. Allá me reencontré, después de 22 años, con mis amigos de la universidad, Jorge, Agustín, Bonnie, Mawi, Gerardo y Mónica.

Durante ese año leí casi todo lo traducido de Amos Oz; Los Informantes, de Juan Gabriel Vázquez; Caballeriza de Rodrigo Rey Rosa. Vi las óperas primas: Rec y Satanás, adaptación de la novela del mismo nombre del colombiano Mario Mendoza, protagonizada por Damian Alcazar. Humberto Zurita me sorprendió con Bajo la Sal y me pareció buena la adaptación cinematográfica de Ensayo Sobre la Ceguera de Saramago. Aluciné con Funny Games.

Hace una década compartí mi casa con Audomaro Hidalgo, quien era becario de la Fundación para las Letras Mexicanas. Hace una década comenzaba un largo viaje por el universo de los libros. No sabía nada del futuro, de lo único que estaba seguro era que quería escribir. ¿Cómo me veo dentro de 10 años? Espero que sin miedo, por fin, a la hoja en blanco.
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