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Columnista Invitado
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05 Mayo 2018 04:00:00
Hemorragia o expansión
Por: Arturo Rodríguez García.-

En 2014 aventuré un planteamiento que no gustó a distintos actores políticos y que hoy sostengo con más elementos y sigue sin gustar: la hegemonía del PRI se reeditó en diversidad de siglas.

Eran los tiempos del Pacto por Mexico, cuando la mayoría de los actores políticos que pertenecían a los tres grandes partidos de entonces (hoy el PRD es una piltrafa) festinaban las reformas estructurales que entonces como ahora, nadie quiso decir quiénes y dónde se habían diseñado, bajo qué técnica se les dio forma jurídica ni cómo es que llegaron al 2 de diciembre de 2012, convertidos en un vehículo de legitimación.

Muchas explicaciones nos deben los legisladores que hoy siguen en el Senado y que integraban la Cámara de Diputados en aquel tiempo, algunos de ellos, contendientes por cargos de elección popular en estos días.

Pensaría especialmente en los coahuilenses que, en su maniobrerismo negociador o el simple acatamiento de la siempre perniciosa “línea”, votaron en bloque, borregada pues... esas mujeres y hombres que por logreros o disciplinados a los altos designios del partido al que representaban (y no a los ciudadanos que los eligieron) terminaron reduciendo el Poder Legislativo a un vil oficialía de partes que ni siquiera lo fue del Ejecutivo, sino de grupos que desde las sombras se erigieron espíritu de legislador.

Ahora los coahuilenses en particular, habría que tener en cuenta la posición federalista de Miguel Ramos Arizpe, el desafío que la representación popular exige, el encauzamiento de los intereses de sus representados. Pero es claro que si acaso leyeran esto, no tendrían idea de lo que hablamos.

El caso es que el PRI hegemónico ya no tuvo que serlo. La supuesta pluralidad electoral posibilitó que se reagrupara, no solo en el Pacto por Mexico, pues poco a poco fuimos testigos de la forma en que connotados priistas se fueron alineando, ya no sólo al PRD que era una opción más o menos natural para un sector del PRI, sino al PAN, consiguiendo posiciones de enorme importancia como es el caso, entre otros, de Rafael Moreno Valle, en Puebla.

Esa concepción puede ampliarse aún más, si se toma en cuenta que en 2016, de las 7 gubernaturas ganadas por el PAN, cinco corresponden a expriistas, con el caso destacado de Miguel Ángel Yunes Linares en Veracruz, o más claro, de Carlos Joaquín, quien es hermano del secretario de Energía, Pedro Joaquín, y que hasta semanas antes de su candidatura seguía siendo subsecretario en el Gabinete de Enrique Peña Nieto.

Hoy, frente al proceso electoral en marcha, es posible advertir un fenómeno idéntico en prácticamente todos los ámbitos locales, incluido Coahuila. Es el gatopardismo partidista que se materializa ahora en Morena y su coalición con el PT y el PES, cuyos candidatos con mayor presencia tienen por origen el PRI y el PAN.

Empezando por el candidato al senado, conocido por una trayectoria priista y de negocios al amparo del poder. Pero continuando con actores como José Ángel Perez Hernández o Ignacio Corona, expanistas en La Laguna; los priistas Claudio Bress en la orilla norte o Santos Carmona en la sur. Por todas partes el reacomodo de priistas y panistas es evidente.

Y es ahí donde la decepción respecto a la democracia arroja los primeros visos. No se trata sólo de cambios de partidos, sino de una expansión de grupos de poder y de formas de hacer política, que limita las posibilidades para que el ciudadano elija. A final de cuentas, la sabiduría popular lo expresa certera: siempre son los mismos.
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