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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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03 Septiembre 2017 04:01:00
Herencia maldita
Ya lo he dicho antes: el caricaturista José Trinidad Camacho, “Trino”, y este escribidor comparten el sufrimiento causado por una herencia maldita que además es irrenunciable. El padre de “Trino” le heredó su fanatismo por el club de futbol Atlas de Guadalajara, un equipo cuya vocación perdedora es casi récord Guinness en el renglón de constancia. La última vez que el Atlas logró brillar en las finales del futbol mexicano está consignada en un papiro egipcio fechado meses antes de la huida de los israelitas del territorio del Faraón. Con el agravante de que un puñado de sabios arqueólogos afirma que se trata de un papiro apócrifo presumiblemente redactado en Tlaquepaque, Jalisco, para avivar las mortecinas esperanzas de los atlistas. 

Un servidor recibió herencia similar de parte de sus dos tíos maternos, Ramiro y Alfonso Lozano. El legado, al igual que el del sufrido “Trino”, ha sido, si se tratara del guion de telenovela, una corona de lágrimas. Mis señores tíos, que de paz gocen, me heredaron la fidelidad a los colores del equipo de beisbol de casa desde que jugaba en el desaparecido Estadio Saltillo, frente a la Alameda. ¡Ya podrán imaginarse mi desfalleciente ánimo al terminar la actual temporada!

El viejo Estadio Saltillo merecía con todo derecho el calificativo de rústico. Por supuesto no tenía pasto, y cuando un jugador se barría en home levantaba tal polvareda que el ampáyer podía marcar igual out o safe a sabiendas de que no habría protestas, pues lo único que podían ver los jugadores y el público era una impenetrable nube de polvo. Sus graderías eran planchas corridas de cemento. Para comodidad del respetable con recursos suficientes, se alquilaban cojines, los cuales, parte de la cultura beisbolera de entonces, al terminar el partido los aficionados gustaban de hacerlas volar hasta al campo de juego.

¿Alumbrado? Ni soñarlo. Los juegos se disputaban normalmente por la tarde, así que la sección de espaldas a la calle Ramos Arizpe era la de sol, mientras la ubicada al hilo de la calle Salazar, la de sombra.

 Para evitar la eventualidad de que cualquier faul descalabrara o causara un daño mayor a los aficionados, la gradería ubicada detrás del home estaba protegida por alambre de gallinero. No exagero: era tela de gallinero. Ahora, la totalidad de las graderías laterales del parque Francisco I. Madero tienen una malla, por aquello de que los aficionados descuidados reciban un pelotazo cuando en lugar de estar viendo el juego miran hacia otra parte o revisan su celular (esto último es lo más frecuente).

Había otra regla no escrita: después de un faul o jonrón que alcanzara la calle, el afortunado que recogía la pelota podía entrar gratis a ver el partido, a condición de regresarla. Definitivamente, la Liga no nadaba en recursos. Hoy, cualquier rasponcito sufrido por una bola es causa suficiente para decretar su inmediata jubilación. Eso se lo copiamos a los gringos, tan ricos y desperdiciados.

 Al concluir el partido prolongábamos la diversión discutiendo ante dos refrescos en el Centro Alameda, sobre supuestos errores de estrategia del mánager Agustín Verde: “Debió ordenar toque de bola, no bateo libre”.  “¿A quién se le ocurre dejar a Limonar Martínez después de haber regalado dos bases por bolas en la séptima entrada?”.

 Todo pasa, es cierto. Ya casi nadie recuerda al Estadio Saltillo. Pero no todo se ha perdido: el equipo de casa mantiene viva la tradición de perder. Y lo hace de maravilla.
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