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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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01 Julio 2018 04:00:00
Hoy
Llegó el día de hacer valer nuestra condición de ciudadanos, la oportunidad de demostrar nuestro deseo de que la democracia se fortalezca en México. Cada compatriota que acuda a la casilla correspondiente, cruce el logotipo de los candidatos que considere idóneos para abrir nuevas esperanzas al país, estará poniendo un grano de arena en la construcción de eso llamado democracia.

Serán millones quienes cumplan hoy con su deber cívico, pero ello no resta importancia al acto personal de votar. Es la suma de voluntades, como la suya, la mía, la de todos, la que hará posible, creíble y fuerte la decisión final.

Habrá, por supuesto, ganadores y perdedores. Eso es parte del juego democrático. No importa de cuál lado hayamos alineado nuestro voto, lo importante es que con nuestra participación –la de todos– quienes tengan en adelante la obligación de dirigir al país, los estados, los municipios, o de representarnos en las cámaras, cuenten con el respaldo que, traducido en responsabilidad, hagan su mejor esfuerzo.

Si nos abstenemos de ir a votar, estaremos anulando el derecho moral de reclamar a quienes no cumplan con sus respectivos deberes y a quienes perviertan el poder o hagan mal uso de este para beneficio personal.

La elección de hoy ha sido considerada por muchos como la más importante de la época moderna. Y lo es, sin duda, no sólo por el número de cargos por los cuales compiten los candidatos, sino por la muy especial y compleja situación por la que atraviesa el país. Sean quienes sean los triunfadores a la hora de contar los sufragios, de ellos espera el pueblo de México no únicamente honestidad, también tino e inteligencia para enfrentar los gravísimos problemas que aquejan a la nación.

El primero de los retos a los que habrán de enfrentarse es el de recuperar la confianza de los ciudadanos, muy erosionada actualmente debido a diversas circunstancias que no es necesario enumerar. Un pueblo sin fe en sus mandatarios acaba, fatalmente, por no creer en sí mismo. Y el pesimismo no es, por cierto, el mejor camino para transitar hacia lo mejor. El pesimismo, ya se sabe, conduce al desaliento y a la parálisis.

Otro de los retos, no menor, será hacer recuperar al Estado el control sobre grandes regiones del país actualmente en manos del crimen organizado. El número de aspirantes a puestos públicos asesinados durante las recientes campañas son una prueba más –por si se requería– de la ineficacia del diseño del combate a la inseguridad.

Uno más, impredecible y peligroso, es el de las decisiones del Presidente de Estados Unidos, cuya volubilidad transforma cualquier tipo de relación en una bomba de tiempo en potencia.

En fin, quien habrá de asumir la Presidencia de la República lo hará también en condiciones muy poco favorables. Requerirá inteligencia y energía, ya no para resolver los problemas, sino al menos ofrecer a los ciudadanos la esperanza de que se marcha por buen camino para solucionarlos, o al menos paliar sus efectos negativos.

Hoy, domingo 1 de julio de 2018 empieza a escribirse un nuevo capítulo de la historia de México, y todos y cada uno de nosotros aportaremos una letra a esa historia con nuestro voto. Pero, eso sí, conscientes de que nuestra obligación hacia el país no termina con el depósito de la boleta en la urna. Allí no concluyen nuestras obligaciones ciudadanas. Estas tienen carácter de permanentes, pues sin ciudadanos vigilantes y prestos a exigir cuando el caso lo amerite, cualquier presidente, gobernador, alcalde, diputado y senador adquiere, en automático, calidad de dictador.
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