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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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20 Mayo 2018 04:00:00
Humanos y reales
A partir de este año la Universidad de Yale tiene dentro de sus cursos uno sobre la felicidad. “La sicología y el buen vivir” ha roto récord de inscripción de alumnos; ofrece a los alumnos recursos para construir su propia felicidad. Me viene a la mente aquella cátedra de “Amor” que daba mi querido amigo Leo Buscaglia(+) en la UCLA, en los años ochentas.

Vivimos en un mundo tecnificado y competitivo, en el que hay que alcanzar metas elevadas, y el precio que llega a pagarse por hacerlo es el desgaste emocional. Desde pequeñitos a los niños se les programa a ser multitareas, excelentes en todo, con la mentalidad de triunfadores. Pasan de las materias curriculares a las extracurriculares día tras día, dejando poco o nada de tiempo para ser niños, para jugar en total libertad.

Manejarse de ese modo va dejando fuera de contexto la condición humana. Dudar, tropezar, o fracasar en una empresa determinada significa una devaluación como personas. Todo parte del rendimiento teórico que tendría un individuo en condiciones ideales, para esperar ese mismo rendimiento de todos. No se toma en cuenta que existen condiciones particulares que pueden dificultar que el desarrollo real de una persona sea similar al que las matemáticas predicen que debe alcanzar.

La gran pregunta sería entonces: ¿Qué propósito tenemos en esta vida? O dicho de otro modo, cuestionarnos si la felicidad equivale al logro de todos y cada uno de esos objetivos de elevado nivel, que hemos asumido alcanzar por nosotros mismos, o porque alguien más así lo dispuso.

Estoy tomando un maravilloso diplomado de Literatura Mexicana del siglo XX organizado por el INBA. Las sesiones están a cargo de especialistas que nos facilitan el conocimiento de la obra de personajes que han puesto muy en alto las letras mexicanas en el mundo. La sesión del pasado miércoles 16 comprendió el estudio del grupo de los Contemporáneos, nueve grandes –en su mayoría poetas-- nacidos entre 1897 y 1904, cuya obra se ha vuelto intemporal. La sesión estuvo a cargo de Pável Granados, ensayista, editor y bloguero, discípulo de Miguel Capistrán, quien a su vez conoció muy de cerca a varios de los Contemporáneos. De este modo se nos presentó a los poetas como si estuviéramos sentados con ellos en alguna bohemia, abordándolos desde su condición muy humana. Entendimos cómo a través de algunos de sus poemas se plantean para sí mismos las grandes preguntas existenciales, y en su búsqueda de respuestas invitan al lector a hacer algo similar: Aceptar la propia condición humana.

Entender las cosas desde el corazón es tarea de primer orden para los habitantes de este tercer milenio. Si escudriñamos el rostro de aquellas personas que esperan el cambio de luz en un crucero, quienes hacen fila en alguna oficina, o los que viajan a bordo del transporte público, nos vamos a encontrar con muchos rictus de disgusto, de angustia o de hermetismo. Cada uno de esos gestos parece indicarnos que vivir cuesta y cuesta mucho, tanto que quizá poco o nunca alcanzamos a dirigir nuestra atención hacia asuntos en verdad gratificantes.

En lo personal me parece excelente tomar un curso que me enseñe distintas formas de ponerme en bien conmigo misma. Aprender a manejar las cosas de todos los días con una mentalidad de contentamiento. No porque sea conformista, no porque decida no dar lo mejor de mi persona. Simplemente porque antes de plantearme un reto, me recuerdo que tengo todo el derecho a preguntarme si realmente quiero cumplirlo, y qué tanto estoy dispuesta a apostar por lograrlo.

En nuestro mundo altamente tecnificado hay cuestiones que escapan de nuestro control. Para ponerlo en términos que sean familiares para todos nosotros, es imposible que en cada fotografía en la que yo aparezca, vaya a salir tan bien como Kate, duquesa de Cambridge, en la boda de su cuñado Henry. Imposible. Yo no tengo ni la edad ni la belleza física ni el vestuario que ella tiene, y más de la mitad de las fotos que me toman –estando o no preparada-- quisiera eliminarlas. Así que tengo una de dos, o me paso todo el día enojada por las fotos, o le resto atención al asunto y me busco cosas más agradables en qué invertir tiempo y emoción. Así de simple.

Nuestro mundo necesita de gente feliz para salir adelante. Detrás de las caras fruncidas hay corazones poco dispuestos a abrirse para con otros. En gran medida ese es el problema que tiene anclada a la humanidad. Involucrarnos en el arte en cualquiera de sus formas, llámese creación o apreciación artística, nos permitirá asimilar que la condición humana, con sus rugosidades y sus fallas propias, constituye la maravillosa plataforma para construirnos un mundo feliz.


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