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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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13 Mayo 2017 04:00:00
Huya a la necedad
Infidelidades aparte, la estabilidad y, por tanto, duración de la pareja radica principalmente en la forma en que se resuelve la contradicción. Dos cabezas, dos corazones, son necesariamente dos opiniones, no en pocos casos opuestas o cuando menos sin coincidencia.

La discusión es inevitable y, de hecho, necesaria, no sólo para llegar a un acuerdo, sino para progresar, como individuos y como binomio. Pero hay problemas y dificultades –que no son necesariamente lo mismo– para llevar a cabo una discusión fructífera entre parejas.

El problema es que comúnmente no se entiende el concepto de discusión. Discutir es alegar, ciertamente, pero alegar no es gritar, acusar, reprochar; alegar es argumentar, y al calor de la batalla no hay argumentos, hay armas que hieren, en este caso las palabras.

Discutir entre dos o más personas no es otra cosa que una forma de diálogo, es decir, de dirimir las diferencias con ecuanimidad. Lo que conocemos como discutir acaloradamente, en el mejor de los casos, es sostener el propio punto de vista con obstinación e irritarse por la crítica, lo cual está a dos minutos de la pelea.

Así pues, una de las dificultades está en el acaloramiento y, en general, en la carga emocional que tiene una persona al confrontar a su pareja. Miedo, enojo, resentimientos, fría venganza y hasta odio o envidia. El resultado es el “agarrón”, el chantaje, la manipulación descarada, para salirse con la suya.

Las responsabilidades puestas en el tú: “te lo dije”, “es que tú...”, “por tu culpa”, “tú me orillaste”, “yo creí que tú...”, conocidas por la mayoría de las personas de primera mano, son saetas verbales que traspasan la frontera de la discusión y llevan la situación al campo de la violencia psicológica.

De ahí a los insultos, las descalificaciones y las humillaciones directas hay sólo la distancia de una lanza verbal. No todo es calor, hay discusiones aparentemente frías, provenientes de una perversidad calculada o arraigada, envenenadas, con argumentos engañosos y lógica retorcida, plagadas de chantajes y frases para aplastar o enganchar al ego contrario, según se quiera sumisión o aparente igualdad.

Otra dificultad radica en saber cuándo es necesario o cuándo vale la pena discutir, si es que realmente se sabe discutir, porque esta dinámica de la violencia verbal, fría o caliente, mal entendida como discusión, es tan común y normalizada en la sociedad, que hay personas cuya única forma de conectar con otros –ellos creen que de amar– es a través de la confrontación y el conflicto.

En la mayor parte de las ocasiones el “discutidor” ni siquiera escucha, solo se empecina en hacer prevalecer su punto de vista. Ya decía el famoso literato Johann Wolfgang von Goethe: “Hay quien cree contradecirnos cuando no hace más que repetir su opinión sin atender la nuestra”.

Hay también quien se toma todo a personal, los intolerantes a ser contradichos, quienes explotan en berrinches a la menor provocación. Su violencia es la mayor, porque no buscan sólo ganar, sino anular al contrario.

La inmensa importancia de aprender a discutir, para abandonar la violencia en pareja, psicológica y, por supuesto, física, radica en que la familia es el laboratorio social. En ella, se elaboran todas las actitudes y los comportamientos que tendremos en la convivencia con nuestros semejantes.

Lo primero es tener claro que para sostener un episodio de violencia, mal entendida como discusión, dónde sea y con quien sea, se requieren, como mínimo, dos personas. Una de ellas puede ser usted. De ser así, húyale a las necedades, no dé la pelea o retírese, déjele al otro la última palabra, hasta que se calmen los ánimos o hasta nunca, si es necesario, porque la violencia es el contaminante más dañino del planeta, es la basura emocional. El mundo es violento porque la gente es violenta en su casa.
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