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Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre
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Es un escritor y periodista nacido el 8 de julio de 1938 en Saltillo, Coahuila, México, siendo hijo de Mariano Fuentes Flores y Carmen Aguirre de Fuentes. Es famoso por su humor, el que ha plasmado en su obra escrita. A los quince años de edad obtiene la licencia de locutor de radio. Abogado por la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, es maestro en Lengua y Literatura, así como maestro en Pedagogía, por la Escuela Normal Superior de Coahuila.

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11 Marzo 2011 05:10:25
Ideologías sepultadas
Lord Killforth E. Sakeofit, cazador blanco, narraba sus aventuras en la selva de África. “Mi instinto venatorio -relató- me hizo presentir que Simba, el león, no andaba lejos. Con el cañón de mi Magnum aparté cuidadosamente unos arbustos. En efecto, a menos de 30 centímetros de mi rostro vi al rey de la selva. Me hizo: “¡Ptrrrrr!”. “Milord -acotó con respeto uno de los oyentes-. El león hace: ‘¡Grrrrr!’, no: ‘¡Ptrrrrr!”. Contesta muy mohíno Sakeofit: “Éste se hallaba de espaldas”. En Coahuila, mi estado natal, se anunció la formación de una alianza PAN-PRD por la cual esos partidos irán juntos en la próxima elección local. En la ceremonia que sirvió para hacer oficial la coalición, la principal dirigente del partido amarillo, perredista de hueso colorado, vistió de azul, y el mayor líder del partido azul, panista de hueso colorado, lució una corbata amarilla.

Muertas y sepultadas las ideologías, condenados a perpetuo ostracismo los principios, hay ahora un ordenado caos en el cual los partidos se confunden, y confunden a los electores. Todo se reduce a la búsqueda del poder por el poder mismo. A nadie asombre eso; nadie diga: “¡Ah!, ¡oh! y mucho menos “¡uta!”. Desde siempre la política ha sido llanamente una lucha por el poder. Se trata de ganarlo y retenerlo a toda costa, por encima de cualquier escrúpulo moral. Lo dijo aquel maquiavélico señor llamado Maquiavelo. En vano son, por tanto, mis inanes jeremiadas, y también las de López Obrador, con quien coincido en eso de condenar tales alianzas. Ya veremos cómo los tres partidos principales, y el resto de los partidejos, seguirán revolviéndose, mezclándose, uniéndose, amalgamándose, mixturándose y fundiéndose ante una estupefacta ciudadanía que ya no entiende nada de nada y que duda acerca de todo. Hago por eso una proposición, audaz quizá, pero llena de sentido. Propongo el establecimiento de una monarquía que bien pudiera llamarse “partidacional”.

Los tres partidos mayores se turnarían en el poder, igual que se alternaban en los pasados tiempos las dinastías reales: En Inglaterra las casas de Lancaster, Tudor y York; en España las de Borbón o Austria. Aquí serían seis años para el partido azul, seis para el rojo, y seis para el amarillo. Esa sabia medida nos ahorraría muchas molestias, y sobre todo muchos gastos, pues ya se ve que la democracia nos está resultando muy ruidosa, muy latosa y muy costosa. Las ingentes sumas que ahora se entregan a los partidos por concepto de prerrogativas -nunca tan bien empleada esa palabra-, dineros que se consumen en machaconas propagandas y en el sostenimiento de una profusa burocracia electoral y partidista, podrían emplearse en tareas de educación, de fomento a la agricultura, la industria y el comercio, o para la dotación de becas a columnistas que hagan proposiciones audaces quizá, pero llenas de sentido. Afrodisio Pitongo, galán diestro en toda suerte de voluptuosidades, casó con Rosilí, muchacha ingenua. La noche de las bodas ella le confesó, nerviosa, que no sabía nada acerca de “eso”. “No te preocupes, linda -la sosegó Afrodisio-.

Mira: A tu cosita la llamaremos ‘La prisión’, y mi cosita será ‘El prisionero’. Pondré yo mi prisionero en tu prisión, y ya verás que todo irá muy bien”. Así lo hizo Afrodisio, y todo marchó -hay que reconocerlo- más que bien. Acabado el primer trance le dijo Rosilí a su maridito: “Tu prisionero se salió de la prisión, mi amor, y quiero tenerlo de regreso en ella”. “Espera un poco -respondió Afrodisio- y haré que vuelva a su lugar”. En efecto, se cumplió un segundo trance, acabado el cual Rosilí volvió a decirle a Afrodisio: “Otra vez el prisionero está fuera de la prisión, mi vida. Con ansiedad deseo que regrese ya”. “Aguarda unos minutos, cielo mío -contestó él-, y ya verás que vuelve”. Un tercer trance de amor se realizó, a cuyo término la extasiada Rosilí reiteró por vez cuarta su demanda: “El prisionero volvió a salirse de la prisión, amado mío. Lo quiero otra vez en ella”. “¡Pero, mi vida! -clamó Afrodisio , exhausto y agotado-. ¡Si no es prisión perpetua!”. FIN.
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