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Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre "Catón"
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14 Septiembre 2014 04:10:25
Igual que todos los demás
Al terminar el trance erótico el avezado galán le dijo a la inexperta chica: “Quiero darte las gracias, Dulciflor, por las dos veces que hicimos el amor”.

“¿Dos veces? -se sorprendió ella-.

Fue una nada más”.

“No, -la corrigió el tipo-.

Fueron dos: La primera y la última”... El conserje del teatro fue con el gerente. “Señor -le dijo-.

Me puse a limpiar el sótano, y encontré una tuba vieja que ya no sirve.

¿Me la puedo llevar a mi casa?”.

“¿Para qué la quieres? -se extrañó el gerente-.

Dices que ya no toca”.

“No la quiero para tocarla -dijo el tipo-.

Se me ocurrió que puede servirle a mi mujer para sus baños de asiento”... El señor llamó por teléfono al doctor de la familia.

“Mi esposa amaneció enferma -le dijo-. Por favor venga a verla”.

“Iré en el curso de la tarde” -le contestó el médico.

(Esto que narro sucedió hace muchos años, cuando los médicos aún hacían visitas a domicilio).

Preguntó el marido: “¿Debo hacer algo mientras tanto?”.

“Sí -le indicó el doctor-.

Tómele la temperatura con un termómetro rectal”.

Por la tarde, en efecto, llegó el facultativo.

Le preguntó al hombre: “¿Le tomó la temperatura a su señora con el termómetro rectal?”.

“Sí, doctor -respondió él-. Hice lo que usted me indicó”.

Quiso saber el galeno: “¿Qué marcó el termómetro?”.

Respondió el tipo: “Marcó: ‘Frío, húmedo y airoso”’.

“No entiendo -dijo perplejo el doctor-.

A ver, muéstreme el termómetro”.

El tipo se lo trajo. Dijo el médico: “Éste es un barómetro, no un termómetro rectal”... Llegó la señora a la tlapalería y le preguntó al dependiente:

“¿Tienes bolitas de naftalina?”.

“No sé qué sea eso, señora -respondió el muchacho-, pero en todo caso puedo asegurarle que soy igual que todos los demás”... Babalucas les contó a sus amigos que había conocido una linda muchacha. “Se llama Legia -les dijo-.

Tiene las dos mejores piernas del mundo”.

Uno de los amigos le preguntó, dubitativo: “¿Cómo puedes decir eso?”.

Respondió Babalucas: “Se las conté”... La chica que se iba a casar le pidió a su amiga: “El día de la boda te pones tu mejor vestido, porque quiero que seas mi dama de honor”.

“No tengo” -dijo la amiga. Preguntó la futura novia: “¿Vestido?”.

“No -contestó la amiga-.

Honor”... Doña Holofernes y don Poseidón sostenían su enésima riña conyugal.

Preguntó ella, desafiante: “¿Conoces a Leovigildo Roncesval?”.

“Sí, lo conozco” -replicó don Poseidón.

“Pues para que te lo sepas -le dijo doña Holofernes-, quiso casarse conmigo”.

“¡Mira! -exclamó don Poseidón-.

Ahora me explico por qué cada vez que nos encontramos en la calle se ríe de mí el caborón!”... “Doctor -le dijo una señora al siquiatra-, a mi marido le ha dado por beber en cantinas de la calle.

Estoy desesperada: Van varias veces que lo encuentro abrazado a una farola”. “Señora -contestó el analista-, es perfectamente normal que un hombre beba hasta embriagarse.

La que necesita tratamiento es usted: Es la primera vez que veo a una mujer que tiene celos de una farola”... Llegó una bondadosa y dulce ancianita a una granja avícola y le preguntó al dueño: “Perdone, señor: ¿Tiene usted de los que ponen las gallinas?”.

El tipo, divertido por el eufemismo de la viejecita, le contestó sonriendo: “Sí tengo, señora”.

“Entonces -dijo la ancianita- venga conmigo y péguele al individuo que me acaba de chocar mi coche”... El señor y su esposa estaban haciendo el amor.

Preguntó él: “¿No crees que la pasión se ha alejado de nuestro matrimonio?”.

Respondió ella: “Te daré la respuesta en los próximos comerciales”... A la compañía de seguros el incendio de la tienda de don Pirelio le pareció más que sospechoso, de modo que se negó a pagar la póliza.

Don Pirelio, entonces, contrató a un abogado.

Después de un año de litigio el abogado llamó a su cliente para decirle que había ganado el pleito.

Podía ir a su despacho a cobrar el dinero del seguro.

Cuando llegó don Pirelio se indignó al ver el porcentaje que el abogado había deducido por concepto de sus honorarios.

“¡Carajo! -protestó vehementemente-.

¡Cualquiera diría que el que provocó el incendio fue usted, no yo!”... El joven teniente de artillería acudió ante el general y le pidió tres días de permiso a fin de ir a su pueblo.

“¿Para qué necesitas el permiso?” -preguntó el superior.

“Mi esposa va a dar a luz” -explicó el artillero.

“Muchacho -le dijo el general-.

Tú ya cargaste el cañón.

Para que ahora dispare no es necesaria tu presencia”... FIN.
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