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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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04 Marzo 2018 04:08:00
Impunidad al volante
Martes 27 de febrero. 4:30 pm. Esquina de Presidente Cárdenas y Zaragoza. Semáforo en rojo. De pronto, un auto compacto con un letrero al costado que dice “Seguridad Privada” arranca y a toda velocidad cruza Zaragoza mientras el semáforo sigue en rojo. Y no sólo eso. Una cuadra más adelante repite la hazaña: cruza la calle Hidalgo, donde otro semáforo luce también un rojo intenso.

Jueves 1 de marzo. 7:48 am. El congestionado periférico Echeverría, a la altura del Centro Metropolitano. La circulación de sur a norte es un enorme gusano de luces que se mueve lentamente. De norte a sur el tráfico es más fluido. La aguja del velocímetro se acerca a la marca de los 80 kilómetros –hipotética velocidad máxima en esa vía. Sorpresivamente, por la derecha rebasa un pequeño auto rojo. Pasa tan rápido que al conductor respetuoso de la velocidad permitida le es imposible siquiera echarle un ojo al conductor o conductora del pequeño bólido color fuego, que lo pasa fácilmente, dejándolo atrás como si se tratara de “un perro amarrado”, para usar la gráfica expresión de un amigo. Si el conductor respetuoso circula a 80 kilómetros por hora, el o la del cochecito meteoro debe de ir al menos a 110 o 120 kilómetros, dada la rapidez con que se pierde a lo lejos culebreando entre otros autos.

Viernes 2 de marzo. 10:30 am. Esquina de Allende y Aldama. Semáforo en rojo. El conductor se orilla a la izquierda de Allende, con la intención de tomar Aldama. Decenas de peatones cruzan la bocacalle, mientras los automóviles esperan el cambio de luces del semáforo. Intempestivamente, ante la fila de coches detenidos, se adelanta un motociclista. Usa un casco negro y lleva en el asiento trasero de la moto a una mujer morena sin casco. El motociclista se detiene invadiendo la franja a rayas, que marca –también hipotéticamente– el paso reservado a peatones. No ocurre nada. La moto sigue allí hasta que el semáforo marca el siga.

Tres estampas urbanas. Usted seguramente puede agregar más de una docena de historias semejantes vistas y sufridas en las calles de Saltillo, donde el respeto al reglamento de tránsito y a los límites de velocidad parecen estar hechos para unos cuantos conductores anticuados carentes de audacia. Automovilistas con el celular a la oreja o incluso tecleando mensajes. Jóvenes y no tan jóvenes hundiendo el acelerador hasta el piso. Desdén por las rayas amarillas, algunas desteñidas casi hasta la invisibilidad, pintadas en las bocacalles.

Los mexicanos nos quejamos de la caterva de pillos, gobernadores y funcionarios públicos, que luego de saquear el erario y organizar sofisticadas triangulaciones financieras, logran que los dineros públicos vayan a parar a sus bolsillos o a los de sus familiares, y que después no reciban castigo. ¡Impunidad!, gritamos hasta desgañitarnos.

Esa, la de la impunidad, es la peor plaga del país, afirman opinadores profesionales.

Es verdad. ¿Pero la impunidad de los automovilistas y choferes saltillenses? ¿Quién se queja de ella? No es cosa nueva. Sin embargo, parece que el reciente anuncio de las autoridades del Ayuntamiento de suspender las fotomultas e incluso no cobrar las infracciones generadas por ese sistema fue el banderazo de salida para gozar a plenitud de impunidad, pues hasta ahora, quizá por mala suerte, quien esto escribe jamás ha visto a un agente detener a un infractor del Reglamento de Tránsito.

¿Por qué hemos de esperar a que ocurra una tragedia para empezar a pensar en ponerle remedio a esto?




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