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Jorge Castañeda
Jorge Castañeda
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26 Agosto 2016 04:00:49
In (re) versión china
Una de las ideas más interesantes que tuvo el actual Gobierno de México consistió en establecer una nueva relación con China. Partiendo de una realidad evidente: que México no crece lo suficiente y requiere de un monto superior de inversión extranjera directa (IED), ya que esta difícilmente va a proceder sólo de Estados Unidos.

La idea partía de una base firme pero incluía una premisa endeble. La base firme: China debía ir desplazando sus inversiones en manufacturas fuera de su territorio para reducir costos y aumentar competitividad; visto que su principal mercado de exportación seguía siendo EU, y que México posee ventajas logísticas, geográficas y comerciales frente a otros países, podía atraer dicha inversión.

La premisa endeble: este proceso podía ser más o menos prolongado, dependía de muchos factores y sobre todo descansaba en una idea muy abstracta, que en efecto China estuviera ya dispuesta a empezar a trasladar sus empleos manufactureros a otros países.

Sucede con las ideas inteligentes e interesantes que no lo son tanto, y pueden chocar con hechos aleatorios en el camino que las descarrilan por completo. Eso sucedió con la sinofilia del gobierno de EPN en los años 2013 al 2015. A pesar de intentos importantes y viajes significativos de Peña a China y de Xi Jinping a México, poco sucedió en materia de inversión china en México en esos años. En el 2013, dicha inversión se redujo a menos de la tercera parte de la que se había producido en el 2012; en el 2014 aumentó ligeramente, pero en el 2015 volvió a bajar a los niveles de la primera década del siglo 21.

La razón es conocida. Reside en el episodio del tren rápido México-Querétaro, cuyo contrato fue otorgado, en una licitación de transparencia dudosa, a la empresa China Railway. En septiembre de 2014, poco antes de una visita de Peña a Beijing, el Gobierno de México le asignó ese contrato de varios cientos de millones de dólares.

Nunca había recibido una empresa china un contrato para construir un ferrocarril en América Latina, y muy pocos fuera de China. Fue un gran triunfo chino…
efímero.

Pocos días después estalla el caso de la “casa blanca”: la acusación a la esposa del presidente Peña de haber adquirido una residencia de valor superior a 7 millones de dólares, gracias a un préstamo y al apoyo de un empresario de la construcción del Estado de México, Juan Armando Hinojosa. Coincidentemente, era dueño de la empresa que recibió el contrato mexicano de la construcción del ferrocarril de la Ciudad de México a Querétaro, en asociación con China Railway.

Muy pronto, el gobierno de Peña Nieto suspende el contrato del tren, y luego lo cancela. China se sintió traicionada y abandonada. Las relaciones entre los dos países se enfriaron, México se resignó a no recibir la inversión china con la que soñaba, y las empresas chinas decidieron postergar mayores inversiones en México. Así es como las buenas ideas fracasan. Para la mala fortuna de México y de China.
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