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14 Mayo 2018 04:00:00
Incertidumbre, miedo y compensación social
Por: Rodrigo Alpízar Vallejo

Hace un par de semanas empezó la campaña del miedo, de la descalificación, y a plenitud, el ejercicio de la postverdad, incluso la mentira como medio de comunicación política y argumentario de las campañas políticas. En forma dividida, organizaciones calificadoras del riesgo de inversión y financiamiento, han señalado el potencial de conflictividad del proceso electoral mexicano, incluso, el FMI ha salido a señalar el sobrecalentamiento de los procesos electorales en México y Brasil, con la eventual consecuencia de contracción económica de América Latina y su abrupta desaceleración del crecimiento.

La incertidumbre es una variable que mide el grado de confianza de una economía o sistema político, nubla los procesos de planeación y enrarece las proyecciones y potencial real de sectores y regiones, con la consecuente retracción de la inversión, sobrevaloración pesimista de los escenarios y, en algunos casos, la desinversión y fuga de capitales.

Se asegura que las campañas de desprestigio inductoras del miedo social no funcionan, sino que, al revés, generan una percepción de manipulación con el argumentario de la postverdad o francamente la mentira.

En el argumentario de la postverdad, es recurrente la afirmación de que México está en una crisis económica profunda, que el país no crece y que las políticas de desarrollo social son un fracaso rotundo, sin embargo, la economía mexicana no ha dejado de crecer, a pesar de la incertidumbre y la volatilidad global que impactan el tipo de cambio, los precios internacionales del petróleo y las constantes amenazas del fin del TLCAN y la baja probabilidad de llegar a acuerdos para un nuevo Tratado 2.0. Otro argumento de la postverdad se dirige al tema de la violencia y la inseguridad, la mayoría de los casos atribuida al Gobierno federal, pero en realidad, la mayoría de los delitos con violencia es del fuero común y competencia de las autoridades locales.

Ninguna de estas cosas es cierta, los argumentos son falsos y claramente manipuladores. Con ellos, la y los candidatos, intentan posicionarse y tomar distancia de la situación actual del país y denostar los avances logrados en aras de conquistar los votos con la mentira y el engaño. Por supuesto, este tipo de argumentación polariza, divide a los electores mediante una visión maniquea y el “efecto burbuja” o “caja de resonancia”, donde sólo se aceptan y asimilan los mensajes que se realimentan a sí mismos, para configurar una realidad alterna con una visión particular o sesgada del diagnóstico y de las eventuales soluciones.

La y los candidatos están proponiendo cosas similares y la diferencia real es el énfasis, la causa-raíz de los problemas de la nación y los medios de implementación. Desgraciadamente, los electores mexicanos están poco acostumbrados a llevar su análisis político a ese nivel de abstracción, sólo se quedan con la empatía y las propuestas que sí ofrecen beneficios palpables a la población, y por tanto, de corte populista.

Otro fenómeno social producto del proceso electoral es la “inducción del miedo” mediante descalificaciones, exageraciones y discursos polarizantes. Se usa la imagen del adversario y sus propias palabras para descontextualizar y desvirtuar ideas prevalentes, en el peor de los casos, se exalta la violencia y se le atribuye al candidato puntero para generar miedo. El miedo es un proceso mental y social que se dirige hacia las personas, las familias, las empresas y los sectores, es sistémico y profundamente antidemocrático. Lo peor de ello es que estas campañas se realizan con recursos públicos.

Según el diccionario de la Real Academia Española, el miedo es la “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”. Como proceso emocional existen variaciones o graduaciones de este concepto tales como temor, recelo, aprensión, espanto, pavor, terror, horror, fobia, susto, alarma, peligro o pánico. ​

El miedo es una emoción caracterizada por una intensa sensación desagradable provocada por la percepción de un peligro -real o supuesto- presente, futuro o pasado. Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo, y además, el miedo está relacionado con la ansiedad.

Es aquí donde el miedo y la incertidumbre económica se conectan, principalmente para generar especulación, sobrevaloración del riesgo, volatilidad de precios relativos y más miedo, más ansiedad, hasta que la situación se realimenta -social y económicamente- con la consecuencia del colapso de la confianza, la desinversión y la fuga de capitales.

Lo sorprendente es que nadie quiere ese escenario para México, ningún sector de la sociedad, excepto los políticos y los partidos, que como instituciones abocadas al progreso y el desarrollo, traicionan sus propios principios y, en aras de retener o llegar al poder, ejercen este tipo de maniobras altamente cuestionadas por la mayoría de la población.

Por ello, toda la semana pasada se habló de la pertinencia del regreso de las “buenas maneras” a la política, el uso de un lenguaje asertivo y el desglose de las posturas y propuestas para profundizar en las verdaderas diferencias entre la y los candidatos a la Presidencia de la República.

Sin duda alguna, México es mucho más grande que sus problemas y también que sus partidos políticos e ideologías polarizantes y antisociales. Las propuestas están en la arena de los debates, en el interés de los sectores por comprenderlas y de buscar compromisos concretos, que no sólo nos lleven a una estabilidad con crecimiento prolongado, sino a rescatar a los sectores y regiones más rezagadas del país.

Por tanto, si la desigualdad es el eje central de nuestra problemática del desarrollo, el enfoque correcto que nos proponen, la y los candidatos, es la INCLUSIÓN. Sin embargo, las políticas públicas de inclusión no han demostrado mecanismos eficientes de COMPENSACIÓN SOCIAL. Por ello, las políticas de desarrollo social y combate a la pobreza migrarán del enfoque asistencial compensatorio, al enfoque de PRODUCTIVIDAD y sinergia entre los programas, para ampliar oportunidades, brindar mayor acceso a los servicios públicos y despolitización de los apoyos en forma definitiva para garantizar una verdadera política de Estado para la inclusión y el desarrollo sostenible, lejos del chantaje, la coacción y el miedo.
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