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Arturo Guerra LC
Arturo Guerra LC
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12 Marzo 2017 04:02:00
Incómodo amigo
Partículas casi invisibles... Pero al cabo de unas cuantas jornadas... ¡Vaya si se ven! Saltan a la vista: feas y desagradables. Te hacen toser y estornudar. Obligan a vestir la capa de la vejez a lo que apenas ayer parecía nuevo. Y hasta se cuelan en lo aún no estrenado.

Incómodo compañero del ser humano. Omnipresente. En los libros, en el coche, en el teclado de la computadora, en los zapatos, en las ventanas de la casa, arriba y debajo de los muebles, en la ropa, en los lentes, en el pelo, en los pies, en el celular, en la ciudad, en el campo, en la comida, en el laboratorio, en la fábrica, en el viento, en la nieve... Por todas partes...

¿No te aburres? ¿No te animarías a dejarnos en paz?... ¿De dónde vienes? ¿A dónde vas?

Misteriosa criatura de origen y procedencia desconocidos. Todo lo cubres. Sin vacaciones, sin tregua. ¿Qué es el mundo –eso que llamamos planeta Tierra- sino apenas una gran esponja que te absorbe? Ni el plumero ni la más moderna aspiradora pueden acabar contigo: al verles venir, te ausentas unas horas..., pero enseguida reconquistas tus dominios, aquellos de donde ingenuamente creían haberte desterrado para siempre. Vuelves triunfante, discretamente, imperceptiblemente, rotundamente.

Y no te contentas con eso. La verdad sea dicha, no serías tan incómodo si hasta allí llegaras. Pero no. Buscas más. En un descaro tuyo absoluto, me merodeas. Como el más vil de los buitres. Esperas, impasible, el momento en que a mí también me convertirás en unos cuantos gramos tuyos. A mí. Y a mis zapatos. Y a las letras que escribo. Y a los seres queridos. Uno por uno. Antes o después. Cuestión, nada más, de tiempo.

Me absorberás. Acabaré también yo vencido, convertido en unas cuantas migajas diminutas que vendrán a reforzar tu empecinada labor de cubrir todos los rincones del planeta. Ni siquiera me consolará si a alguien se le ocurre, para protegerme de ti, encerrar mis restos en una urna poderosa, inoxidable... No servirá de mucho: el tiempo agujereará la que parecía jaula invencible y entonces el viento soplará y volaré a su merced y engrosaré las filas de tu infinito ejército. Es una cuestión, nada más, de tiempo...

No somos más que tú y a ti volveremos. Y mientras vivimos, parece que no lo creemos...

¿Dice: “creemos”?... ¿Será cuestión de creérsela? ¿Como creer en las hadas y en los duendes y en las sirenas y en los pegasos y en las cartas y en el café? ¿No es más bien el hecho más claro, más contundente, más frecuente, más científico, más experimentable, más mesurable... en un laboratorio, en un termómetro, en un encefalograma, en un auscultador? ¿No se trata del fenómeno más corroborable del planeta? Todos nuestros antepasados ya pasaron por ahí: pese a su resistencia. Pasaré yo también: quiéralo o no. Pasarán quienes nos sigan, pese a su ciencia y su tecnología...

¿De dónde tu poder? ¿Por qué lo quieres abarcar todo? ¿No te bastan tus ya repletos graneros? ¿Tan ambicioso e insaciable eres? ¿Así acabaré yo? ¿Y te llevarás mis obras, mis pensamientos y la amistad que prodigué?

Quizá no. Quizá no eres tan omnipotente...

Conozco tu frágil talón. Conozco de qué estás hecho. Una frontera no puedes traspasar. Desconoces qué es regalar un vaso de agua fresca a un niño con sed. No tienes ni idea de lo que es detenerse ante el hermano lastimado y curar sus heridas con aceite. Ignoras qué es dar la vida por el amigo, y lo que es enseñar al que no sabe, vestir al desnudo y ofrecer techo al caminante... Ni sospechas que existe la generosidad, la sinceridad, la honestidad, la fidelidad, la entrega, la amistad, el amor... Ni vislumbras la existencia del dolor hecho donación, de la congoja trocada en alegría, de la espina amarga mudada en dulce aguijón...

El corazón humano es tu terreno prohibido. El espíritu no te está sometido. Quedará él cuando tú ya hayas pasado. No me destruirás. Tu dueño y creador no lo permitirá. A la vuelta de la esquina de la vida, quedará lo que haya hecho por Dios y por mis hermanos los hombres. Nada más. Por ese Dios que te creó a ti. Por esos hombres a quienes Dios creó mezclando un poco de ti con otros ingredientes que te eran incompatibles...

Y entonces, cuando ya haya acabado todo lo de aquí y vaya a empezar todo lo de allá..., me acordaré de ti, y casi ni te reconoceré por lo mucho que habrás cambiado... Y podré saludarte y darte un abrazo y decirte: mi viejo amigo, hermano polvo, bienvenido.
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