×
Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre "Catón"
ver +

" Comentar Imprimir
11 Octubre 2014 04:10:13
¿Indiferencia?
No sé si eso que llaman sangre fría sea virtud de héroes o de cínicos. A mí me maravilla la presencia de ánimo que algunos muestran ante acontecimientos apurados, pues carezco lo mismo de heroísmo que de flema, y en un trance difícil me aturrullo todo y no sé nunca cómo salir del paso. Tomen ustedes por ejemplo la vez que llegué a dar mi clase en la universidad llevando un zapato café y el otro negro. Las risitas del grupo me hicieron percatarme de eso. Pude fingir indiferencia, o improvisar alguna ingeniosa explicación. En vez de eso me atolondré en tal modo que salí apresuradamente del salón. Ya en en mi casa puse en ejercicio el “staircase wit” que dicen los ingleses, ingenio de escalera, ese tardía forma de hallar una respuesta afortunada cuando ya vas bajando la escalera después de no haber podido contestar en su momento la pulla que alguien te enderezó. En el caso de los zapatos de color distinto bien pude haber dicho con estudiada ligereza: “Y en mi casa tengo otro par igual”.

Pero cosas así sólo se te ocurren cuando ya es demasiado tarde. ¿Por qué? Porque no tienes sangre fría. Hay quienes sí la tienen, y aun de sobra. He recordado a aquel amigo mío que pese a ser casado gustaba de andar en devaneos eróticos. Una damisela de nueva adquisición le pidió que la llevara a cierto restorán de moda. ¿Con quién se topó mi amigo al entrar ahí? Con su cuñada, la hermana de su esposa, que estaba en una mesa esperando a sus amigas. ¿Pensarán mis cuatro lectores que el tarambana se turbó y escapó apresuradamente del local? Nada de eso. Con toda calma fue a sentar a su querida, y luego se dirigió a donde estaba su cuñada y la saludó con naturalidad. “¡Eres un cabrón! -lo apostrofó la mujer hecha una furia-. ¿Cómo te atreves, desgraciado, a engañar así a mi hermana?”. “¿Qué no sabes?” -le dijo muy sereno el infidente. “No sé ¿qué?” -respondió, fiera, la cuñada. “Tu hermana y yo nos vamos a divorciar”. “¿Cómo? -se consternó la otra.

“Pues de ti depende” -le contestó mi amigo, retador. De sobra está decir que la mujer cerró el pico y no le dijo nada a su hermanita de los desvíos de su esposo. La sangre fría de que he hablado no es patrimonio exclusivo de los hombres. También la tienen las mujeres, y quizá en dosis mayor, pues son más inteligentes. Una casada andaba en malos pasos, y con su amigo fue a un hotel de las afueras que recibía parejas indocumentadas. Entró al local con el sujeto al mismo tiempo que su esposo salía de ahí con una mujer. Al punto la esposa se volvió hacia su amante y le dijo: “¡Ahí lo tiene usted, señor notario! ¡Dé fe de la infidelidad de mi marido, y tome nota de que lo sorprendimos saliendo de un hotel con su querida!”. Si eso no es sangre fría, entonces no sé qué cosa sea.

Mutatis mutandis, es decir cambiando lo que se debe cambiar, a mí me sorprende la frialdad con que la mayoría de los mexicanos vemos sucesos como los de Tlatlaya o Ayotzinapa. ¿En tal forma nos hemos acostumbrado a la violencia que el horror de esos casos nos deja indiferentes? ¿Después de años de crímenes sangrientos vivimos ya en una especie de marasmo que nos aparta lo mismo del espanto que de la indignación? Lo que sucede en sitios donde hay guerra es poco si se compara con lo que pasa aquí, y sin embargo no nos sobresalta mayormente la ola de sangre que está cubriendo a México. Preludio de males mayores son esas matanzas ante las cuales debería haber una reacción social de consideración. Sin embargo lo único que hacemos es pedir a los poderes celestiales que no llegue a nosotros esa terrible criminalidad. Si no se le pone freno llegará, tarde o temprano. El país está desgarrado, y no lo vemos. Esta última frase me estremeció, insensato escribidor. Menester es ahora que narres un chascarrillo final que aligere el ánimo de la República después de tu sombría lucubración. El doctor Duerf, célebre analista, le mostró a su paciente, mujer soltera ya muy entrada en años, un cartón con un dibujo abstracto. Le preguntó: “¿Qué ve?”. Respondió la mujer. “Veo una picha”. El facultativo sacó otro cartón: “¿Ahora qué ve?”. “Veo una picha” -repitió ella. Tercer cartón: “¿Qué ve?”. “Una picha”.

“Señorita -dictaminó el psiquiatra-, trae usted un serio desorden mental”.

Replicó la mujer: “Y usted trae desabrochada la bragueta”. FIN.

Imprimir
COMENTARIOS



5 6 7 8 9 0 1 2