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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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11 Marzo 2018 04:08:00
Información vs diversión
La popularización de Netflix y otras empresas afines provocó la caída de la televisión como principal espectáculo familiar. En los últimos años, la TV ha registrado un descenso en picada de sus niveles de audiencia, sin que se vislumbre la posibilidad de un repunte. Pero el fenómeno Netflix –llamémosles así a todas las ofertas de series y películas a elección del cliente– ha traído otras consecuencias, algunas preocupantes.

Entre ellas, quizá puramente anecdótica, está el hecho de que ver telenovelas se haya convertido en costumbre “intelectualmente correcta”, para decirlo de alguna manera. Claro, ya no se llaman telenovelas, ahora son series. Hace años los telechurros, como se les rebautizaba con un pedante dejo de dizque superioridad cultural, eran diversión propia de amas de casa ajenas al mundo superior de las ideas (bueno, es un decir). Nadie que se considerara intelectual se atrevía a confesar que seguía las peripecias de la guapa Verónica Castro en Los Ricos También Lloran, y mucho menos las maldades de Catalina Creel de Cuna de Lobos, villana clásica personificada por la recientemente fallecida María Rubio.

No, ¡qué va! Eso era para señoras cansadas de planchar y lavar los platos de la cena, deseosas de escapar de la monótona cotidianeidad de sus vidas. Hoy, gracias a Netflix, hasta los académicos más conspicuos comentan entusiasmados lo emocionante que les resulta seguir la carrera criminal del “Chapo” Guzmán y las trapacerías de los políticos en House of Cards. Esto es, ya lo decíamos arriba, aceptable e “intelectualmente correcto”. Pero, ¿qué son esas series sino teledramas alargados hasta la novena temporada? Hay poca diferencia, si acaso existe alguna.

Ahora bien, si antes me parecía que un ama de casa, después de ocho horas de trabajo en la oficina o en la industria, haber preparado a oscuras el desayuno de los niños, y regresar a casa ya casi de noche a dar de cenar a su familia, tenía todo el derecho de buscar diversión acompañando en sus temporales sufrimientos a Angélica María. ¿Pues qué esperaban? ¿Acaso pensaban que después de una jornada agotadora, de un correr de un lado para otro y acostar a los niños, tendría ánimos de ponerse a leer la Crítica de la Razón Pura de Kant, o Ser y Tiempo de Heidegger? ¡Por favor!

Pero hay otros efectos menos inocentes. Uno, muy notable, quebradero de cabeza de un gran número de profesores de periodismo, es el hecho de que la pantalla chica, como la llamaban los periodistas de antes –ahora las hay gigantescas– olvidó dos de los tres compromisos que hipotéticamente se le asignaban: divertir, informar y educar. Netflix redujo la triada ideal a uno solo: divertir. Debido a ello, para estos profesores resulta desesperante que lleguen sus alumnos a clases vírgenes de información.

Quienes veían o aún ven televisión, de pronto, al hacer cambio de canal pueden tropezarse con un programa informativo. Ahora ya no sucede. El hommo netflixensis enciende la tele o la computadora para ver el capítulo de la serie que desea ver y entretenerse un rato. ¿Información? ¿Qué es eso?

Los jóvenes han abandonado los periódicos sustentados en papel, como dicen los elegantes, y no ven informativos en la tele. Su conexión con el mundo se reduce a unas cuantas frases e imágenes leídas y vistas de prisa en el teléfono inteligente. Eso sí, están enterados a todo color qué comió un amigo amante de subir a la red el platillo que está dispuesto a devorar. Pero casi de nada más.
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