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Dalia Reyes
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08 Septiembre 2018 04:00:00
Insana
Las mujeres tenemos una insana relación masiva, cuyas manifestaciones no son visibles al mundo exterior de nuestro yo femenino. Nunca la aceptaremos como propia, pues eso delataría nuestra profunda incapacidad para solventar ese emparejamiento entre lo deseado o lo insufrible; algo muy parecido al matrimonio.

Entre la generación de mi madre y la mía, la historia humana presenció una de las más interesantes travesías de nuestra especie, un éxodo con ida y vuelta: El tránsito de la bolsa de papel a la plástica. La vida nunca volverá a ser la misma.

Si bien, las iniciativas ecológicas vinieron a echarnos una mano con el asunto de las bolsas plásticas, el tema era ya un tabú por estar tan presente y volverse tan prohibido, ya que aceptar un creciente e inevitable monstruo en la intimidad hogareña no es cosa de decirlo a voz en cuello; cuchichearlo nos pone en riesgo de estar comunicando debilidades al enemigo. No saber qué diablos se hace con ellas podría delatarnos como poco hechurosas, escasas de imaginación, amigas del desorden, pero jamás como seres conscientes de la contaminación ambiental.

Cuando las súper tiendas iniciaron una débil campaña para sustituir el plástico por tela apareció una oportunidad para achacar a un tercero nuestra determinación a cerrarle la puerta a la bolsa plástica, pero sucede que ya en la acción, pedirle al Cerillo nos acomode toda la despensa en nuestros variopintos morrales es como enviar mensajes mujer-marido: La traducción final es que sí va todo en los morrales menos las carnes rojas, las frías, la leche y los envases de vidrio, los cuales, además, llevan doble envoltura de plástico, claro está.

Percibo en la generalidad femenina una resistencia a ir por la calle sosteniendo redes, colotes, bolsas de lona, morralitos y toda la pléyade de recipientes cuyo uso en el pasado era cosa muy natural; justo eso lo vuelve molesto, si se considera que la mujer moderna dejó de ir al mercado para comprar en el súper; volver al morral sería una regresión estética.

Cuando pido al empacador que no use bolsas plásticas, ni una, tampoco para la carne me dice enseguida cuán pesadas resultarán mis morrales; le respondo “no le hace”. Apenas avanzo y murmura con la cajera: “Viste, qué señora tan rara, a ver en dónde va a poner la basura”.


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