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22 Agosto 2018 04:00:00
Integración productiva en perspectiva
Rodrigo Alpízar

México ha logrado hacer de su economía una estructura cada vez más sólida, con estabilidad macroeconómica, crecimiento moderado y gran impulso exportador. El resultado del TLCAN 1.0 como cambio estructural de la economía mexicana fue, precisamente, la instauración de un modelo de “exportación de importaciones”, un enfoque maquilador con grandes beneficios para reciclar en varias ocasiones la manufactura extensiva.

Desde las políticas industriales restrictivas de una economía cerrada, que registraba los contratos de transferencia de tecnología, limitaba la inversión extranjera y modelaba sustitución de importaciones con economía mixta y fuerte intervención del Estado en cadenas de valor, las políticas industriales se configuraron con objetivos predecibles, y en muchos casos distorsiones de mercado difíciles de erradicar.

La apertura comercial trajo, a su vez, nuevas políticas industriales con una menor intervención en los mercados y mucha más promoción, con menos restricciones y orientación hacia una manufactura intensiva en cadenas de valor, en clústeres especializados de producción en los sectores automotor, aeroespacial y eléctrico-electrónico. México reconfiguró su mapa industrial y logró una gran diversificación manufacturera de la industria de transformación.

Si bien el modelo económico orientado hacia el exterior permitió una transformación del tejido productivo y de diferentes regiones del país, también ha dejado una dependencia comercial de EU de más de 80% del comercio exterior y concentraciones industriales que soportan enormes redes de valor trilateral.

Recientemente el Inegi publicó entre sus estadísticas un cúmulo de datos sobre la integración productiva nacional. Estos datos demuestran que la competitividad de México se ha ido consolidando en el sector industrial con señalados avances en materia de industria 4.0, manufactura flexible, alta productividad, ambientes certificados de gestión, insumos y productos; alta especialización y control tecnológico de productos y procesos, así como responsabilidad social corporativa e innovación.

Los datos sorprenden un poco dadas las condiciones de la negociación del TLCAN en materia de reglas de origen, mecanismo de política industrial dentro del tratado que permite inducir en las economías industriales estímulos/restricciones que garanticen el despliegue adecuado de una industria endógena competitiva que normalmente es capaz de detentar una buena parte del mercado nacional y, en algunos casos, del mercado global.

Otro aspecto relevante de estos datos es la diferencia entre el valor agregado nacional en general y el valor agregado de nuestras exportaciones globales, datos que contrastan significativamente, ya que aparentemente en materia de exportaciones la industria automotriz rebasa 60% del valor agregado nacional y a la industria en general con un promedio de 45.9 por ciento. En cambio, en materia de valor agregado de las manufacturas totales nos encontramos aún muy por debajo de un nivel de integración adecuado, ya que se encuentra en 18.7%, donde destacan el sector automotor con 37% y otros sectores ligados a la metalmecánica con porcentajes de valor agregado nacional por arriba de 25 por ciento.

Esta situación también contrasta con las ramas de la industria que crecen y se mantienen competitivas de aquellas ramas de la industria en contracción, de las cuales podemos observar la desarticulación de la cadena productiva en varios de sus eslabones básicos y de transformación, como por ejemplo el sector químico, que junto con la caída de la producción de hidrocarburos y combustibles ha configurado un escenario complejo para una cadena de valor ampliamente desarrollada, articulada y competitiva no sólo a nivel nacional, sino global.

Los grandes contrastes nacionales en materia de crecimiento, informalidad, baja productividad y pobreza laboral también se expresan en algunas ramas de la industria manufacturera, las cuales son vulnerables a las importaciones de todos los países con los que tenemos tratados comerciales y para los cuales se requieren estrategias de reenfoque sectorial.

Los “programas sectoriales de competitividad” fueron en su tiempo un instrumento para conducir las negociaciones del TLCAN 1.0 y a su vez para reorientar la competitividad de una industria cerrada, desarticulada y obsoleta tecnológicamente. Para el TLCAN 2.0 los instrumentos de política industrial estarán condicionados por las premisas de la seguridad nacional, por un lado y por otro, en la corrección de los déficits comerciales.

Otro instrumento de política industrial del TLCAN 2.0 se refiere a las Pymes y a las posibilidades de que éstas tengan acceso real a los tres mercados. Que la facilitación comercial y la eliminación de los obstáculos al comercio se puedan expresar en el extenso comercio internacional entre Pymes. Las compras públicas y las reservas de mercado que se asignan a las Pymes son también un espacio para abrir las posibilidades a que la competencia y cooperación entre PYMES dé acceso a compras públicas subnacionales, asunto que no ha propsperado.

Sin duda, el nacionalismo económico favorece la idea de fortalecer las soberanías económicas nacionales y establecer criterios de gobernanza en donde se puedan erigir sistemas de política industrial orientados, por ejemplo, a la seguridad alimentaria nacional, donde se reconfigurará todo el sistema de abasto popular, cuya red alcanza las zonas más marginadas del país y que puede colocar producto nacional en esas redes de mercado o, en su caso, producto global como es el caso de las lecherías de Liconsa en todo el país.

Sin duda, las cifras de valor agregado nacional muestran la factibilidad de encontrar mejores esquemas de desarrollo de proveedores, atracción de inversiones y articulación de redes territoriales de valor, así como programas específicos de rescate de las ramas de la industria más vulnerables en esta transición tecnológica industrial en ciernes.
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