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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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06 Enero 2018 04:04:00
internacional
Así, de vituperosa manera, llega a calificarnos el mundo: de estado fallido, de un vivo peligro y como una vergüenza internacional. Y es que hoy, como nunca antes en su historia reciente, el país atraviesa por uno de los episodios nacionales más oscuros, escabrosos y lamentables, juzgado en términos de robos, asaltos, secuestros y violaciones, tortura ejecutada por policías y miembros del Ejército, aprehensiones sin la orden correspondiente, desapariciones de presos políticos y delincuentes comunes, asesinatos y verdaderas masacres.

Semejante vergüenza para nuestro país se inició, en la época moderna, con la declaración de guerra contra los cárteles del narco que el carnicero ebrio (de gloria y poder) decretó en marzo del 2007, y que el funcionario de la “casa blanca” no ha podido, al parecer, ni querido remediar. Decenas, cientos de miles de víctimas ha arrojado hasta el día de hoy esa confrontación armada en la que intervienen policías delincuentes, delincuentes policías, miembros del Ejército y, en semejante estampida, la institución presidencial y con ella la justicia, la verdad, los derechos humanos y las garantías ciudadanas. En medio de la confrontación, la muerte no distingue sólo dos bandos en guerra, por más que a la “casa blanca” no parece impresionarle el daño colateral. A propósito, y como para la reflexión, lo afirmó el académico don Antonio Carrillo Flores, jurista:
–Los derechos del hombre están, me atrevo a afirmarlo, en la raíz de todos los problemas capitales de nuestro tiempo.

Y esta otra verdad que en su momento expresó el panista Francisco Pauli Bolio, verdad escueta, lacónica, lapidaria, que me merece mucho más respeto y credibilidad que todos los voceros presidenciales, institutos, tribunales y códigos electorales atrincherados en títulos tanto más sonoros cuanto más vacíos:

–La democracia de un país se mide por el respeto a los derechos humanos.
Medida con tal rasero, mis valedores, ¿del concepto de democracia qué queda en nuestro “estado de derecho”, más allá de las citas del discurso oficial, machaconas y machacadas hasta la náusea?

Por cuanto a la violación a los derechos humanos por parte de las Fuerzas Armadas: el Ejército Mexicano es una institución que hasta hace algunos años gozaba del aprecio y la confianza de las masas sociales; era una nstitución que encuadraba sus acciones en la frase síntesis “Por el honor de la patria”, pero ahora que lleva a cabo una labor que no le corresponde, la de policía, ese Ejército se contamina y pierde la imagen impoluta original, y es cuestionado aquí y en el extranjero y es causa fundamental de que la imagen del país aparezca en el nivel de primitivo y sanguinario. Y el Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas y responsable de lo que ahí ocurre es el Presidente de la República.

Leo, de reciente reporte de Amnistía Internacional: “Se deben cumplir reglas sobre el uso de la fuerza militar, además de que no es recomendable que el Ejército tenga participación por un tiempo prolongado para establecer y delimitar el trabajo de las Fuerzas Armadas, sobre todo en materia policial, para dar certeza a la aplicación de la justicia cuando exista la violación de los derechos humanos. La transparencia y claridad de las reglas son de suma importancia no sólo para el Gobierno, sino para la misma reputación de las fuerzas militares”.

Y ahora pronto, a la “vergüenza internacional” y a modo de herencia de un sexenio que huye a lo forajido, se añade la descarada, disimulada militarización del país. Ah, México.
(Qué país).
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