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Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre "Catón"
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03 Octubre 2014 04:10:36
Ira de Dios
La dueña del único prostíbulo que había en el pueblo hizo una importante contribución en dinero para la reconstrucción del templo parroquial. En la junta del comité de obras el buen padre Arsilio dudaba si aceptar o no ese donativo.

De entre los feligreses surgió una voz: “Acéptelo, padrecito. A fin de cuentas es dinero aportado por todos nosotros”. En una pequeña comunidad había una iglesia católica, un templo protestante y una sinagoga judía. Un visitante fue al servicio dominical en el templo protestante y lo vio poco concurrido. Al final le comentó al pastor: “Poca gente viene a la iglesia ¿verdad?”. “Sí -suspiró el reverendo-. Pero gracias a Dios el templo católico y la sinagoga están igual”. Un judío le dijo a un cristiano: “Nosotros les dimos a ustedes los diez mandamientos”. “Es cierto -admitió el cristiano-. Pero no nos podrán acusar de haberlos guardado”. Un individuo ponderó: “Para un judío comer carne de puerco es lo mismo que para un cristiano cometer adulterio. Yo he probado las dos cosas, y francamente no veo la comparación”. Me inspiran recelo, y aún temor, los que dicen tener comunicación personal con Dios, o que hablan en su nombre. Además de una inaudita soberbia evidencian una supina necedad. Citaré un caso.

En Coahuila se aprobó una iniciativa de ley que permite los llamados matrimonios gay. Con tal motivo en mi ciudad, Saltillo, se llevó a cabo una manifestación formada por personas de diversas denominaciones evangélicas que de esa manera mostraron su oposición a las uniones civiles entre homosexuales. Uno de los ministros o pastores que promovieron la protesta dio a conocer un mensaje que transcribo en parte tal como está redactado: “Hace un año, un de los principales ‘promotores’ y el que estructuró la propuesta de matrimonio homosexual, colaborador del Jurídico de Gobierno, murió inesperadamente de un infarto fulminante. El pasado 5 de septiembre presenté al Gobernador y al secretario de Gobierno, una carta que Dios me habló, de advertencia para él, sus familias y las de sus colaboradores y legisladores, del riesgo que estaban corriendo de que la ira de Dios se levantara en sus contras, si seguían decretando leyes abominables ante los ojos de Dios. La respuesta que dieron fue promulgar de inmediato (ayer 12sep14) dicha ley, para promulgar de inmediato el matrimonio homosexual. La biblia enseña que la paga del pecado es muerte. Que Dios tenga misericordia de ellos, pero fueron advertidos. Esto fue parte de la carta que Dios me dijo les advirtiera: ‘Son altaneros, orgullosos, farsantes, hábiles para lo malo. Son insensatos, desleales, sin amor, despiadados.

Conocen las sentencias de Dios y saben que son dignos de muerte quienes obran de esa forma. Romanos 1, 30,31. No se sorprendan que en los siguientes días, la ira de Dios y su paga se hagan presentes en las vidas de los malvados. Yo sólo cumplí con la encomienda, ya ellos tomaron sus decisiones”. Ese ominoso mensaje llamó mi atención por su tono amenazante y por su absoluta falta de espíritu cristiano. El amor que predicó Jesús no está presente en él. Muestra a un Dios cruel y vengativo que mata a sus hijos si se apartan de sus dictados. Yo no creo en un Dios así. Creo en el que dijo: “Misericordia quiero, y no sacrificio”.

(Mateo 9,13). Creo en un Dios cuyo amor abarca a todas las criaturas, pues a todas las hizo Él con sus características y peculiaridades propias. Es difícil concebir que en nuestro tiempo alguien pueda emitir un mensaje como el que arriba transcribí, y menos si se trata de un ministro religioso. La intolerancia es siempre resultado de la falta de saber, pero más aún es fruto de la falta de amor. Y el primer deber de un cristiano es el amor, ese amor que predicó Jesús y que conduce a la comprensión, al perdón y a la fraternidad con todos, no a las amenazas, a la discriminación y a la inquina contra aquellos que no son o no piensan como yo. Desde mi indignidad de pecador me atrevo a decir que si queremos que el amor de Cristo viva en nosotros debemos unirnos todos por encima de nuestras diferencias, y ayudarnos unos a otros a conseguir nuestra plenitud de hijos de Dios -en términos humanos nuestro bien, nuestra felicidad-, y a hacer posibles el bien y la felicidad de los demás. En eso, creo, consiste el ser cristianos. En eso, creo, consiste el ser humanos. En eso creo. FIN.
MIRADOR.
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