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Yuriria Sierra
Yuriria Sierra
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16 Octubre 2016 04:00:00
Itzel, Paola, Alessa y el odio
En los últimos 9 años, hay registro de casi 300 asesinatos de transexuales en nuestro país.

Itzel. Los vecinos llamaron al 911, escucharon gritos de auxilio. Algo sucedía al interior de un departamento. Era el de Itzel, una joven transexual de 19 años, que perdió la vida víctima de la furia de otro joven, éste de 25 años, quien la atacó con un cuchillo en al menos ocho ocasiones. Cuando las autoridades llegaron al lugar Itzel ya había muerto. Jonathan, el agresor, ya está en el Centro de Readaptación Social 10, en Comitán, Chiapas. Le espera un proceso por homicidio, ojalá que también pase el resto de su vida en prisión.

Paola. Arturo iba en su auto, circulaba por Puente de Alvarado en la Ciudad de México, a un par de cuadras de la sede nacional del PRI. Se detuvo junto a un grupo de transexuales que laboran ahí como trabajadoras sexuales. Una de ellas subió a su auto, instantes después se escucharon algunos disparos al interior del vehículo. Las demás chicas se acercaron a él, vieron a Paola tendida sobre el asiento del copiloto, herida, eran sus últimos suspiros. Murió en el lugar. A Arturo no lo dejaron huir, las compañeras de Paola rodearon el auto y le impidieron cualquier intento de escape, luego llegó la Policía. La escena del crimen era clara: Arturo traía una pistola y le disparó a Paola a quemarropa. Contrario a lo que podríamos pensar, este sujeto salió libre al siguiente día. Las autoridades argumentaron que no había pruebas suficientes para seguir el proceso. Al día siguiente, sus compañeras protestaron en avenida Insurgentes y el cruce de Puente de Alvarado. Lo hicieron con Paola a su lado, porque ahí estaba, tendida dentro de su féretro. Si alguna vez la gente que regularmente transita por ahí se había negado a verlas, ahora inevitablemente tuvieron que voltear la mirada y reconocerlas y con ello reconocerse a través de su intolerancia, sus miedos y su ignorancia.

Alessa. Fue encontrada muerta hace un par de días en la habitación de un hotel de la Ciudad de México. Era trabajadora sexual, pero también era reconocida como activista, un trabajo que comenzó a realizar para defender sus derechos y los de sus compañeras. Era una asidua visitante del Marrakesh, ese bar en el Centro Histórico que desde hace casi una década le ha dado a la comunidad LGBTTTI un espacio en donde acomodar cada una de sus expresiones y matices. Alessa había logrado tal visibilización, que incluso el Instituto de la Juventud la invitó a dar una conferencia en el Foro Capital Transjóvenes, donde habló sobre el trabajo sexual (de por sí condenado cuando se trata de una mujer). La investigación sobre su asesinato: fue encontrada con signos de estrangulamiento, apenas empieza.

Estos hechos son reales, ocurrieron todos ellos en lo que va del mes de octubre. En los últimos 9 años, hay registro de casi 300 asesinatos de transexuales en nuestro país. Itzel, Paola, Alessa y el resto de las chicas –seres humanos de carne y hueso– que han perdido la vida por ese maldito odio que se ha vuelto bandera de muchos que se presumen de buena conciencia, son parte de una sociedad que les “permite” ser siempre y cuando salgan de noche y se vean lo menos posible. Se les pide que vivan al amparo de la sombra y desprotegidas, incluso por el Estado que ya tiene leyes para protegerlas.

La sociedad las tiene acorraladas. Las ignora. O peor aún: las destruye. Son discriminadas por el resto de los demás grupos: algunos heterosexuales las ven con mera curiosidad o morbo sexual, de ése que siempre va acompañado por el odio hacia lo diferente; algunos homosexuales las segregan porque no son “masculinas”, porque consideran una afrenta el cambio de sexo o de identidad para que alguien viva plenamente su sexualidad.

En fin, como si el haber sido físicamente hombres y el haber dejado de serlo fuera motivo para mirarlas distinto.
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