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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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05 Marzo 2018 04:00:00
Juntos pero aislados, con razón y sin ella
Había una vez un tigre negro y un venado blanco. Ambos vivían a la intemperie, compartiendo bosque, pero cada uno por su lado. En una ocasión tuvieron la misma idea: construir una cabaña para resguardarse. Sin quererlo, el tigre y el venado seleccionaron exactamente el mismo lugar para levantarla, un llano desprovisto de maleza y privilegiado por la sombra de un viejo árbol.

Un día temprano por la mañana el tigre fijó los cimientos y se retiró a descansar. Por la tarde, el venado llegó al sitio y se sorprendió al percatarse de que, por ayuda divina (eso creyó) la obra ya estaba iniciada, así que, entusiasmado, se dispuso a levantar las paredes. A la mañana siguiente, mientras el venado recolectaba implementos, se apareció el tigre y se emocionó mucho porque la ayuda divina había venido en su auxilio y las paredes ya estaban colocadas. Se dispuso entonces a instalar el techo. Por días, el tigre y el venado, uno al amanecer y otro por la tarde, sin nunca toparse, le dieron forma a lo que sería su refugio perfecto, asistidos, según ellos, por ayuda divina.

La primera noche en la cabaña llegó. El venado, que había arribado temprano, se durmió en una estancia; el tigre, que lo hizo ya entrada la noche, en la otra. Fue en la mañana siguiente cuando ambos finalmente se enfrentaron y se percataron de lo que realmente había sucedido. Como animales civilizados acordaron vivir en paz en la misma cabaña, se dividieron las labores propias de una casa: limpieza, mantenimiento, acopio de comida, etc. Todo fluía perfecto y habían forjado una bonita amistad.

Pero un día algo salió mal. Ambos se aparecieron en la cocina con su respectiva cuota de alimento, la cual habían pactado que compartirían. El tigre llevaba un venado destrozado para la comida y el venado, que en su cacería se había apoyado en una trampa, traiga consigo un tigre desangrado. Mutuamente se sorprendieron, se sintieron agraviados y se negaron uno a probar la comida del otro. Por la noche ninguno pudo dormir, agobiados por lo mismo: el riesgo de que su compañero de morada lo fuera a devorar, como ya lo había hecho con otro de su especie. La historia concluye en que, debido a la desconfianza, el rencor y el temor fundado que uno sentía por el otro, los dos abandonaron la cabaña. Volvieron a vivir expuestos, ahora además invadidos por la tristeza y la angustia de extrañarse y desconocer la suerte que cada uno había tenido.

Este cuento infantil conocido como El Tigre Negro y el Venado Blanco es ilustrativo de lo que sucede con los humanos. Nacen, coinciden, se conocen como esencialmente iguales, se reconocen como circunstancialmente diferentes, pactan conscientes, conviven en paz y suman sus esfuerzos estratégicamente. Pero un mal día se agreden, matan, desconocen, faltan al pacto, se declaran la guerra y, también estratégicamente dividen sus esfuerzos. Es esa quizá la paradoja más sorprendente de la humanidad: son las personas los únicos seres vivos dotados de razón y conciencia y, a pesar de ello, constantemente evidencian altos niveles de irracionalidad e inconsciencia.

Las personas viven juntas, pero al mismo tiempo aisladas; se desarrollan, duermen, despiertan, trabajan, se divierten, se trasladan una al lado de la otra, pero con frecuencia se ignoran, se niegan, se rechazan, transgreden su dignidad. La indiferencia, la apatía, el individualismo, todo lo cual puede sintetizarse en el aislamiento, limita la acción y, por lo tanto, la evolución. Lo advierte Hannah Arendt en su ensayo sobre la fragilidad de los asuntos humanos: “estar aislado es lo mismo que carecer de la capacidad de actuar”.

Tener conciencia de este desafortunado comportamiento es vital para cambiarlo y contener situaciones graves que dañan (y amenazan con hacerlo aún más) a las personas y las sociedades, como el actual incremento, sin precedentes, de los niveles de desconfianza y violencia, sobre todo la familiar y social, la que surge en las relaciones cotidianas. Del incremento mundial de la violencia, debido una variedad y suma de causas, se da cuenta, además de otros estudios, en el Índice Global de Paz que elabora el Institute for Economics and Peace.

Entre las medidas que pueden adoptarse para revertir la degradación de valores, tener una mayor calidad de vida diaria y contribuir a construir mejores familias y comunidades, se encuentran dos conceptos básicos que hay que conocer, comprender y poner en acción: la cultura de paz y la no discriminación. De acuerdo con la UNESCO, para lograr la cultura de paz se requiere que todas las personas hagan un esfuerzo a fin de modificar mentalidades y actitudes con el ánimo de promover la paz, que logren transformar los conflictos, comenzando por los personales e inmediatos.

No discriminar es no excluir, no dar un trato desigual a una persona o grupo por motivos raciales, religiosos, políticos, de sexo, económicos, culturales, etc. Para no discriminar es fundamental no perder de vista que nada humano es ajeno a ninguna persona y que todas, como lo advirtió Ortega y Gasset, son cada una de ellas y sus circunstancias, las que deben conocerse y entenderse, para poder comprenderlas y ser fraternas con ellas del modo más adecuada y conveniente.

La práctica constante de tres valores es básica para lograr estos propósitos: el entendimiento mutuo, la empatía y el respeto, el cual, por cierto, contrario a lo que suele pensarse, no “debe ganarse”, sino que debe darse a todas las personas por el simple hecho de ser personas, nos caigan bien o no, incluso, nos respeten o no. No olvidemos aquella famosa frase adjudicada a Gandhi: “ojo por ojo y… el mundo acabará ciego”.

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