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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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04 Marzo 2019 03:55:00
La antesala del infierno
Jorge Torres López (JTL) fue víctima de su ambición y de su cortedad de miras. Los Moreira lo eligieron para oponer el apellido materno al de otra rama de una de las familias otrora más influyentes económica y políticamente de Saltillo. De una de esas bifurcaciones han surgido los tres únicos alcaldes de oposición (Rosendo Villarreal y los hermanos Manuel e Isidro López), postulados por el PAN. Hasta antes del moreirato, Torres había desempeñado cargos secundarios en el servicio público. El clan le prometió El Dorado y cayó en sus redes.

JTL actuó como salvoconducto de los Moreira para penetrar a las esferas sociales y empresariales donde no sólo eran extraños, sino acaso también despreciados. El complejo de clase estuvo siempre a flor de piel en el docenio. Una vez en el poder, Humberto dejó de invitar a las ceremonias del Grito a las “copetonas de Saltillo”.

También se refería a ellas como “las señoras de las rodillas callosas”. Sin embargo, el presupuesto todo lo puede. Los ricos y el poder se criticaban en público, pero en privado se abrazaban. Pasó ayer y sucede ahora.

Los Moreira utilizaron a JTL como puente con la oligarquía local para bloquear al aspirante de esa clase al Gobierno: Alejandro Gutiérrez, quien seis años antes había declinado por Enrique Martínez. Sin el mismo éxito económico que sus primos, JTL se echó en brazos del clan. Las comidas para Humberto y Rubén, en los jardines de su residencia, reunían a legiones. Para entonces ya había vendido su alma al diablo. Hoy vive en el purgatorio y aún le espera el infierno de la extradición.

Cuando JTL se negó a asumir responsabilidades ajenas por la deuda, Humberto Moreira renegó: debí dejar como gobernador interino a Lito (Ramos) y no a Jorge, dijo, palabras más, palabras menos, a un medio local. Sin embargo, quien realmente tomaba las decisiones era su hermano mayor. Rubén Escalante lo reflejó así en una de sus caricaturas en Palabra. Rubén Moreira con un títere en sus piernas: Torres López. Es imposible desvincular a un político sin malicia, como JTL, de su estirpe, habituada a regodearse en las páginas de sociales, en eventos de postín y en los restaurantes de moda. Verlo en la ficha de la DEA como uno de los más buscados debió ser, al menos, bochornoso. La cuna puede brindar estatus, pero no siempre valores; y tampoco, ya se ha visto, impunidad toda la vida.

Torres López no es un mal hombre, pero no eligió bien sus compañías. Se dejó manipular por el clan sin medir consecuencias. Humberto fue el funámbulo. Rubén, el genio de la maldad; corresponsable de la crisis del estado, gobernó despóticamente, fraguó intrigas, aplastó las disidencias dentro y fuera de su partido. Encubrió la deuda y en los últimos años de su gestión desvió cerca de 500 millones de pesos a empresas fachada, según denunció la Auditoría Superior del Estado.

También existen bases para presumir que en la administración de Rubén Moreira se cometieron irregularidades por miles de millones de pesos en la Universidad Autónoma de Coahuila. ¿Utilizó el gobernador a la UAdeC como caja chica para sufragar campañas políticas, de imagen personal y para otros fines? JTL tiene mucho que contar a los fiscales de Estados Unidos sobre el manejo financiero del estado. Los peces gordos siguen libres y la deuda impune, así como las masacres en Allende y Piedras Negras, consecuencia de la expansión de la delincuencia organizada durante el moreirato.
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