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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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27 Diciembre 2016 03:00:00
La bandera del cambio
Miguel Riquelme recurrió al maniqueísmo y abrazó el cambio como bandera para suceder a Rubén Moreira, de quien es su favorito. La apuesta es arriesgada, pues el concepto corresponde originalmente a la oposición –específicamente al PAN– y remite a la alternancia. Máxime en Coahuila, donde el PRI ostenta el poder desde hace 87 años. El término lo utiliza Acción Nacional para romper ese ciclo. El alcalde con licencia es una extensión del moreirato, pregonan Guillermo Anaya, Isidro López, Luis Fernando Salazar y Marcelo Torres en las redes sociales.

Para Riquelme hay un cambio bueno: el del PRI, pues permitió “haber pasado de un estado violento” a uno seguro; y uno malo: el del PAN, con el cual, desde su perspectiva, la delincuencia se instaló en México y Coahuila. Sin embargo, es el exgobernador Humberto Moreira y colaboradores suyos, entre ellos el diputado Armando Luna, quienes son señalados por testigos protegidos de Estados Unidos e investigaciones periodísticas de haber permitido la expansión del narcotráfico en el estado, en particular de Los Zetas, a cambio de dinero. Juan Manuel Muñoz Luévano, “El Mono”, uno de los operadores de ese cártel, presuntamente vinculado con Moreira, fue detenido el 18 de marzo pasado en Madrid e ingresado a la prisión de Soto del Real, donde el exlíder del PRI estuvo previamente recluido.

La premisa de Riquelme en su tercer informe, de estar “listos para el cambio”, parece abonar la campaña del PAN por la alternancia, aun cuando la intención será la contraria. La segunda premisa –preparados “para el buen cambio”– trata de apuntar al PRI como la opción, pero tampoco se sostiene. El eslogan del informe “La diferencia es hacerlo juntos” lleva implícita una crítica a las administraciones del PAN (el mal cambio), por su falta de coordinación con los gobiernos del PRI.

Para el aspirante a la Gubernatura, el buen cambio empezó con Rubén Moreira: “es la atracción permanente de inversiones como las que hoy tenemos en la entidad; el reconocimiento y engrandecimiento de los derechos humanos; garantizar y ampliar la educación para nuestros jóvenes; valorar a nuestras mujeres, reconocer que todos somos iguales, abrir nuevas brechas (sic) y oportunidades para todos; comprometerse a no retroceder. A no bajar la guardia y a consolidar lo que hemos logrado”. El cambio bueno es el PRI, no el PAN, según su punto de vista.

Entre el minuto 11:22 y 11:39 del informe, en el tema Acciones Integrales para la Paz, algo distrajo al alcalde. Hizo una pausa, gesticuló, miró al teleprompter, apretó los labios, lo cual, en el lenguaje corporal, equivale a retener un mensaje o guardarse algo. El público lo advirtió y empezó a aplaudir. Riquelme retomó enseguida el hilo del discurso. ¿Qué pasó por su mente en esos instantes eternos?

Después de una alcaldía débil y ausente como la de Eduardo Olmos, Riquelme llenó vacíos y sustituyó la mano izquierda por la mano dura. El gesto suave, por el rostro duro. Su gestión divide opiniones. El mantra de hoy es la seguridad: “Los resultados están a la vista”, dijo el alcalde, “los índices delictivos siguen a la baja. Hicimos realidad lo que parecía imposible. (…) La mala noticia es que hay ciudades en otros estados que se decían libres de ese mal, pero hoy, desgraciadamente, han regresado a ser víctimas de la violencia”.

No hace falta decir que esos municipios y entidades votaron por el mal cambio. Riquelme quiere ser gobernador y propone el cambio bueno para “no retroceder”.
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