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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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09 Abril 2020 04:05:00
La bella gente
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Fue en Roma. En el Trastévere, como llaman los romanos al barrio ubicado al oeste del Tíber, río que parte en dos a la ciudad. Luego del fatigoso recorrido por los museos, en busca de un lugar para comer, me topé con una trattoria, una de las decenas que hay en ese barrio. Cuando entraba al local, un mesero casi me impide al paso. ¿Qué ocurre?, pregunto. Él, sin decir palabras, me señala las mesas acomodadas en la banqueta. “Mejor allá”, dice. “¿Por qué?”, me atrevo a preguntarle. “Es mejor allá, porque desde las mesas de la calle puede ver a la bella gente”. “La bela yente”, pronunció en italiano.

Seguí su consejo. Me acomodé frente a un plato de pasta y una copa de vino, admirando el paisaje humano compuesto por hermosas mujeres, ancianas de compras, niños vestidos de uniforme escolar y cientos de jóvenes con cara de oficinistas montados en sus Vespas. Sí, la “bela yente” era un espectáculo maravilloso, tan variopinto y divertido que el libro que pensaba leer se quedó sin abrir sobre la mesa en espera de otra oportunidad.

Hoy, confinado en mi hogar por la amenaza del coronavirus, recordé aquella comida y a la bella gente que desfilaba por la acera y el arroyo de la calle en una pasarela llena de contrastes. Y ahora, encerrado entre las cuatro paredes de mi biblioteca, llego a la conclusión de que la peor parte de este forzado aislamiento es verme privado del siempre fascinante contacto, así sea totalmente visual, con mis congéneres.

En realidad, gracias a los libros –sigo con los novelistas españoles del siglo 19, y ahora toca el turno a Vicente Blasco Ibáñez y su a veces desagradable realismo–, la búsqueda de un dato para un texto de historia, escuchar música o seguir por Internet conferencias y conciertos, no me ha resultado aburrida esta ociosidad fuera de programa.

Por otra parte, quienes me conocen saben que no soy un individuo especialmente sociable, aunque nada parecido a un misántropo. Sin embargo, mis principales quehaceres, leer y escribir, son necesariamente solitarios. Cualquier sábado, por ejemplo, puedo pasarme buena parte de la mañana desayunando con un libro o una revista en la mano. Son ratos muy agradables, en ocasiones pespunteados por un amigo, una exalumna o un exalumno que se acercan a la mesa a saludar.

Estoy solo y no lo estoy. Me envuelve la gente. A mi lado pasan señoras, señores, novios tomados de la mano o chiquillos empeñados en convertir el restaurante en un parque de diversiones. En fin, estoy, aunque a ratos abstraído en la lectura, rodeado de la bella gente de la que hablaba aquel mesero, lo cual, además, afirma mi pertenencia al género humano.

Nadie lo ha dicho mejor que don Francisco de Quevedo: “Retirado en la paz de estos desiertos,/ con pocos, pero doctos libros juntos,/ vivo en conversación con los difuntos,/ y escucho con mis ojos a los muertos”. Agradable e ilustrativo, no cabe duda, pero en lo personal, conversar con los difuntos me resulta más disfrutable entre personas vivas. Y no se trata de ser selectivo, como lo fue Renato Leduc, adorador irredento del eterno femenino, quien aseguraba que mientras “haya vigor pasaremos revista a cuanta chica vista y calce regular”.

Siempre es grato pasar revista a cuanta chica vista y calce regular, pero este forzado aislamiento no distingue sexos ni edades. Simplemente impone la penosa y velardiana penitencia de privarme de ver, oír y admirar a esa bella gente de la que me habló, hace ya muchos años, un sabio mesero romano.
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