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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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23 Enero 2014 04:00:57
La breve historia de Édgar
Pilar Oropeza Arriaga es una mujer ya entrada en años. Fue maestra de la escuela primaria “Vicente Guerrero”, en Miacatlán Morelos, y recuerda a un niño muy moreno y delgadito que se metía en problemas por ser inquieto, hiperactivo; bueno para el baile y malo para el español y las ciencias naturales. Nada extraordinario, pero la memoria le reclama una característica que le quedó como impronta: su frente ancha y los ojos tristes.

Ese niño que visitó con frecuencia las oficinas de la directora, Alma Delia Beltrán, para enfrentar las acusasiones de sus compañeros por alguna travesura y hasta por lo que hoy se calificaría de bullyng era Édgar Tamayo Arias, una imagen muy diferente a la de ese regordete de rostro castigado por el vitiligo que pasó los últimos 20, de sus 46 años de vida, en una prisión texana. Dicen que en enero de 1994 asesinó al policía de Houston, Guy P. Gaddys, de tres disparos en la cabeza y que lo hizo cuando ya estaba en calidad de detenido, en la patrulla y esposado. En noviembre de ese mismo año se le condenó a la pena capital.

Es el mismo que ayer –alrededor de las 21:30 horas, tres horas y media después de la hora programada por un recurso de apelación infructuoso interpuesto por los abogados ante la Suprema Corte estadounidense, lo que en términos llanos significan largas horas extra de angustia-, recibió por vía intravenosa el coctel mortal: primero tiopental sódico que lo dejó sin conocimiento casi de inmediato, luego bromuro de pancuronio que paralizó su diafragma y finalmente el cloruro de potasio que le indujo un paro cardiaco. Murió segundos después.

Es una historia breve y trágica la de este hombre de un metro con 75 centímetros de estatura y al que le fuera diagnosticada en 2008 una “discapacidad mental leve” que se atribuyó en su momento por un psicólogo texano, a un daño cerebral tras un accidente de rodeo sufrido en la adolescencia.

Y hasta ahí. El típico joven que emigra hacia Estados Unidos en busca del mentado “sueño americano” y que se vio inmerso en un incidente que al menos deja muchas puertas abiertas a la duda. Durante 20 años poco se hizo y fue sólo hasta que se aproximaba la fecha de su ejecución que llamó los reflectores mediáticos. El Gobierno mexicano actuó tarde y sin mayor fuerza, tal y como lo dictan los cánones informales de la simulación en que navega la relación bilateral México-Estados Unidos; y los organismos nacionales e internacionales de derechos humanos encontraron, como siempre, oídos sordos a sus airados reclamos y condenas sobre la forma en que se aplica la justicia en el vecino del norte.

Habrá sido culpable o inocente del delito que se le imputó y que finalmente lo llevó a la muerte, pero lo cierto es que se registraron fallas graves durante el proceso como el hecho de que no se le advirtió en tiempo en forma de su derecho a la asesoría consular y que bastaban para que prosperaran las apelaciones. No fue así y Texas se consolida como el estado con más ejecuciones, más de 500 de 1976 a la fecha.

Que descanse en paz el que fuera ese niño de frente ancha y ojos tristes que terminaba en las oficinas de la directora por sus travesuras de primaria. El hombre castigado por el vitiligo simplemente ya estaba harto. “20 años de espera son muchos, ya estoy listo”, dijo tranquilo y resignado, mientras se despedía de sus padres y sus hijas, a quienes no vio crecer y que guardarán por siempre la imagen de su padre como el reo encadenado a punto de caminar hacia el cadalso.
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