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15 Mayo 2018 04:00:00
La broma infinita
Por: Quidam Fierro

¿Cómo reseñar una novela de mil 200 páginas en poco más de una cuartilla? A modo de novela, ensayo y manual, David Foster Wallace inicia un juego metanarrativo en el que narrador, autor y lector se confunden en una historia de contracorriente literaria.

Me vi tentado a hacer un poema por su capacidad para sintetizar, pero resultaría romántico y aunque valga enamorarse por todas las de la ley de esta gran obra, quizá el lector sospecharía de una fanfarria culterana. ¿Cuáles son “todas las de la ley”? Intentaré aclarar.

La Broma infinita es una radiografía ultra HD del modo de vida de casi toda urbe moderna. Está ubicada en la ONAN (Organization of Nort American Nations), un país mezcla de Estados Unidos, Canadá y México, con todo y su basurero tóxico de hamsters y bebés mutantes. Transcurre en un futuro en el que los años son subvencionados por las marcas: Año de la hamburguesa Whopper, Año de la ropa interior para adultos Depend, etcétera.

Aparecen dos escenarios que se alternan constantemente: La Academia Enfield de Tenis y La Casa de Recuperación Ennet House, en Massachusetts.

Desde la academia, donde los entrenamientos son casi esquizofrénicos, vemos a la familia Incandenza luego del aparatoso suicidio del padre de la familia James Inc. El fundador de la Academia, genio oftalmólogo y director de cine de culto, metió la cabeza en un microondas modificado por él mismo hasta que estalló su cráneo, embarranado gran parte de la cocina.

Cuando Hal Inc., adicto a los sedantes y drogas experimentales, hijo intermedio y promesa tenística adolescente, llegó a casa hambriento, no podía esperar para entrar a la cocina y probar eso que olía tan bien. Fue entonces cuando vio la escena. Algo así cuenta Hal a Orin, su hermano mayor, exmiembro de la Academia, seductor infalible bajo influencias edípicas y pateador de futbol americano; un contraste total con el hijo menor Mario, con un extraño padecimiento de cuerpo enclenque y siempre en la silla eléctrica de ruedas que James Inc. le fabricó.

En Ennet House, Don Gately, ratero a casa habitación y asesino por accidente, es el exadicto que lleva la batuta de la narración.

El autor incrusta los relatos sórdidos de los usuarios NA (Narcóticos Anónimos), como el de la cocainómana embarazada que pare un feto. Cuando se le acaban las piedras de cocaína, la mujer vuelve a la realidad, envuelve al cadáver en una manta y aún con el cordón umbilical uniéndolos, sale a buscar dinero a las calles del Centro, pero el calor es alto y el olor que comienza a despedir alerta a las autoridades.

La novela retoma el título La Broma Infinita por una mítica película de James Incandenza, obra tan atrayente y satisfactoria como la mejor droga, una secuencia de imágenes que no puedes dejar de ver y al tiempo falleces. Durante la trama un grupo de terroristas quiere hacerse con ella para transmitirla en espacio abierto y así acabar con la ONAN.

Con una prosa lacónica, corrosiva, de una precisión descriptiva milimétrica y con un humor negrísimo y rojo, La Broma Infinita juega con el lector. En su estructura, aparte del bloc de notas al cual recurres constantemente (ya sea para conocer drogas, personajes o incluso capítulos enteros), durante las primeras 500 páginas los capítulos están escritos en figuras narrativas diversas que funcionan como gancho para tirarte el resto de muchas historias. La Broma Infinita no puede acabar porque es inconmensurable.
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