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Arturo Guerra LC
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07 Agosto 2016 03:00:17
La buena confusión
Cuando en tu camino de todos los días ves un semáforo que ayer no existía, te confundes. Si el amigo que siempre llega tarde, un buen día llega temprano, te confundes.

La confusión es un bloqueo momentáneo ante una situación inesperada. No entiendes exactamente qué ha sucedido y no sabes cómo reaccionar. Confusiones las hay de todos los tamaños. Interpelan nuestra manera de pensar y de vivir; no nos dejan igual porque nos llevan a tomar partido.

Ante el nuevo semáforo, una posible reacción es dedicar unos segundos a cobrar conciencia de que a partir de ese momento en esa esquina existe un semáforo al que tendrás que acostumbrarte porque alterará aquel hábito tuyo tan arraigado de pasar por ahí a 80km/h con una sonrisa en la boca y con la seguridad de llevar la preferencia. Otra posibilidad es escribir una carta al director del periódico local de más tirada, para convencer a la ciudadanía civilizada de que la instalación de un semáforo, justo en ese cruce, es una locura político-urbanística, y que existen mil razones científicas y solidísimas para que en los próximos 50 años por lo menos nadie ponga ahí un semáforo. Y otra posible respuesta es rebelarse, ignorar aquel extraño juego de luces y nunca detenerse…

Lo normal en el amigo impuntual es obviamente que llegue tarde. Lo sabes. Ya te has acostumbrado a hacer tus cálculos con sus 30 ó 45 minutos de retraso. No es que se haya apagado la última chispa de esperanza de que algún día será puntual, pero convives con la convicción de que hoy llegará tarde. Por eso, el día que llega temprano, no te la crees y quedas confundido.

Alguien muy bueno para confundirnos es Jesucristo… Y es que cuando no nos confunde, cuando todo en Él lo vemos predecible y claro, es que todavía no le conocemos bien, y que nuestra amistad con Él está muy en los inicios. El ejemplo que nos da el Señor siempre nos confunde.

A veces creemos que ya le conocemos bastante bien; y hete aquí que, de repente, descubrimos alguna sorpresa más: un detalle suyo que nos parece increíble, una faceta de su personalidad que no habíamos notado antes, una reacción que no nos esperábamos, un modo de actuar que nunca nos hubiéramos imaginado…

Ya desde Belén, este Dios hecho hombre comienza a confundirnos y desconcertarnos… Esperas un despliege de recursos y ves sólo un niño en una aldea perdida. Esperas una explicación cosmogónica del universo y te encuentras un niño que duerme. Esperas una disertación sobre las profundas y oscuras causas del mal en el mundo y te topas con un niño que titirita de frío. Esperas una potencia majestuosa y cegadora y, ¡nada!, es sólo un niño que busca la seguridad de los brazos de una madre. Esperas un ejército que te ayude a aniquilar al enemigo y descubres un niño en pañales y llorando. Esperas una clarificación filosófica sobre la verdad y ves un niño juguetón.

Y eso es sólo el comienzo. Podríamos ir virtud por virtud, viendo cómo las vive Cristo, y nos quedaríamos boquiabiertos con mucha frecuencia…

Sí, mira, hagamos una prueba. Tomemos, por ejemplo, su humildad.

Un cardenal, que fue secretario de Estado del Papa San Pío X, escribió una oración que en un momento dice así: “Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio…”

Y es que a este buen cardenal, que se llamaba Merry del Val, la humildad de Jesucristo le sorprendía muchísimo. En su intento de dejarse confundir por el Señor, preparó unas letanías para pedirle a Cristo que le hiciera humilde a su estilo. Aquí las verás completas. Fíjate todo lo que implica la humildad de Cristo…

Jesús manso y humilde de corazón, escúchame.
Del deseo de ser estimado, líbrame Jesús. Del deseo de ser amado, líbrame Jesús. Del deseo de ser honrado, líbrame Jesús. Del deseo de ser proclamado, líbrame Jesús. Del deseo de ser ensalzado, líbrame Jesús. Del deseo de ser alabado, líbrame Jesús.
Del deseo de ser preferido, líbrame Jesús. Del deseo de ser consultado, líbrame Jesús. Del deseo de ser aprobado, líbrame Jesús. Del deseo de ser justipreciado, líbrame Jesús.
Del temor de ser humillado, líbrame Jesús. Del temor de ser despreciado, líbrame Jesús. Del temor de ser despedido, líbrame Jesús. Del temor de ser rechazado, líbrame Jesús. Del temor de ser calumniado, líbrame Jesús. Del temor de ser olvidado, líbrame Jesús. Del temor de ser ridiculizado, líbrame Jesús. Del temor de ser injuriado, líbrame Jesús. Del temor de ser sospechoso, líbrame Jesús.
Del disgusto de que no se siga mi opinión, haz Jesús que lo desee. Que los demás seán más amados que yo, haz Jesús que lo desee. Que los demás sean preferidos a mí, haz Jesús que lo desee. Que los demás crezcan en la opinión del mundo y yo disminuya, haz Jesús que lo desee. Que los demás sean llamados a ocupar cargos y yo relegado al olvido, haz Jesús que lo desee. Que los demás sean alabados y nadie se preocupe de mí, haz Jesús que lo desee. Que los demás sean preferidos a mí en todo, haz Jesús que lo desee…


Fíjate que el cardenal habla de deseos, de temores, de disgustos… No está diciendo que esté mal que alguien te consulte, te aplauda o te quiera. No está diciendo que si nadie te ridiculiza eres un soberbio. No. La humildad reside en el corazón. Si tu corazón sólo se mueve si te aplauden, si se amarga y paraliza ante la calumnia, si echa humo cuando su opinión es ignorada, si el mundo se le acaba cuando alguien le olvida… es que tu corazón no vive todavía la humildad al estilo de Jesús. Si ves el evangelio, notas que a Cristo a veces le aplauden, a veces se burlan de Él; a veces le invitan a un banquete, a veces le niegan posada; a veces le felicitan, a veces le quieren apedrear; a veces intentan hacerle rey, y terminan por reírse de Él, escupirle, flagelarle, crucificarle. El corazón de Jesús funciona sólo con amor. Amor a su Padre y a los hombres sus hermanos que viene a salvar. Todo lo demás, sea lo que sea, le trae sin cuidado.



Las letanías terminan con una oración de la que ya conocemos el inicio.. Oremos: Oh Jesús, que siendo Dios, te has humillado hasta la muerte de cruz para ser ejemplo perenne que confunda mi orgullo y amor propio; concédeme aprender y practicar tu ejemplo para que, humillándome como corresponde a mi miseria aquí en la tierra, pueda ser ensalzado hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Así sea.

Dejémonos confundir por el Señor cuando leemos su evangelio, cuando rezamos, cuando visitamos su sagrario, cuando nos confesamos, cuando vamos a misa, cuando comulgamos, cuando el Señor se esconde en el prójimo, cuando nos ponemos a su escucha y tiene algo que decirnos en la salud o en la enfermedad, en el éxito o en el fracaso, en las buenas o en las malas...

Podemos estar muy lejos de parecernos a Jesús, pero si nos dejamos confundir por Él y respondemos con generosidad, su gracia, poco a poco, irá haciendo nuestro corazón semejante al suyo.

Arturo Guerra, LC
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