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14 Septiembre 2014 03:30:24
La cacería de brujas en Salem
Por María del Pilar Montes de Oca Sicilia

Salem, la sola palabra evoca la imagen de brujas, aquelarres, persecuciones y hogueras; de persistencia, de lucha contra el demonio y de un lugar en donde se hizo famosa la confesión cruzada que a partir de entonces se conoce como “cacería de brujas”. Sin embargo, muy pocos saben qué fue lo que realmente pasó y aquellos que han averiguado algo no logran ponerse de acuerdo en cuál fue la causa.

¿Qué fue lo que realmente pasó a fines del siglo 17 en ese pobladito de Massachusetts en la Nueva Inglaterra? ¿Cómo sucedió? ¿Cuál fue la causa? He aquí la crónica de los acontecimientos. De usted será la conclusión, querido lector:

Pequeño pueblo de puritanos
La mañana del 20 de enero de 1692, en el poblado de Danvers –que entonces era una parroquia del pueblo de Salem, en Nueva Inglaterra–, dos niñas, Betty y Abigail Williams, hija y sobrina del ministro de la villa, el reverendo Samuel Parris, empezaron a sufrir ataques, desmayos y comportamientos extraños, de tipo epiléptico e histérico: se arrastraban por el suelo, arrojaban objetos y se contorsionaban y convulsionaban al unísono y de forma impresionante y aparatosa. Al ser interrogadas al respecto, ambas afirmaron que se sentían afligidas por una “presencia sobrenatural, inhumana e invisible”.

Los colonos, doctores y autoridades juzgaron que eso era obra del Diablo e instaron a las niñas a confesar quién o qué creían que fuera la causa de sus padecimientos. Las niñas, al verse acorraladas, no tuvieron a nadie más que acusar que a su nana, Tituba, una esclava negra procedente de Barbados que trabajaba en casa de Parris y que, al ser negra y extranjera, se convirtió en el blanco perfecto, ya que, desde su llegada, les había llenado la cabeza de cuentos y fantasías procedentes de sus creencias primitivas: vudú, apariciones y hechizos. Las niñas también mencionaron a otras dos mujeres: Sarah Good, una pobre pordiosera, sin casa, sin oficio ni beneficio, y Sarah Osburn, otra mujer que nunca iba a la iglesia y que había escandalizado al pueblo por sus amoríos con un mozo de labranza forastero.

En febrero de 1692, las tres mujeres fueron examinadas por los magistrados del pueblo, quienes creían en la existencia del mal, la tentación y el demonio y de su interferencia en la vida diaria. Ellos les preguntaron en forma directa si tenían contacto con el Diablo y, acto seguido, las exhortaron a confesar afirmativamente, “ya que ésta era la única forma para salvarse”, si no lo hacían serían condenadas a la horca. Las dos Sarahs lo negaron todo; sólo Tituba, por miedo a ser asesinada, confesó ser bruja y “haber visto al Diablo en forma de cerdo y perro, haber visto el libro del demonio y haber firmado en él”. La corte entera de jueces y parroquianos quedó sorprendida y fascinada con la narración.

Debido a la confesión de Tituba, las tres mujeres fueron encarceladas en Boston en condiciones realmente precarias. Los relatos de la posesión diabólica y de las tres brujas corrían de boca en boca en el poblado, por lo que pronto otras niñas mostraron los mismos síntomas y, a su vez, acusaron a otras mujeres, lo que dio por resultado una oleada interminable de juicios condenatorios.

Habría que entender el mundo en el que vivían los colonos puritanos de esta región, en la que se habían establecido recientemente, provenientes de una Inglaterra que no había querido reformar su Iglesia, misma que ellos consideraban mundana y corrupta. Su intención era crear en esta tierra americana un New Bible State, en el que sólo los miembros devotos prevalecieran y el mal se combatiera día con día. Creían en el Diablo como un ser equiparable a Dios y al que sólo Dios podía someter, y creían también que el Diablo no podía agredir a ninguna persona físicamente, sino que, de manera forzada, tenía que hacer contacto con una mujer, que tendría que firmar en su libro su nombre con sangre y en ese momento era nombrada bruja.



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