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Dalia Reyes
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30 Agosto 2018 04:00:00
La chica de la botella
Pude titular este artículo como “Chica de salón”, pero a los mayores de 40 la frase nos remitiría a los filmes de vaqueros, esas chicas y esos otros salones. Chicas curvilíneas y perfectas tal como las dibujaba “El libro vaquero”, en cuyos escenarios la tragedia, el dolor y el abandono no demeritaban tampoco en ellos las apolíneas figuras; aún el llanto, válganles Dios, los hacía parecer más melenudos y sensualones.

Este salón al cual refiero es el muy mundano sitio a donde vamos más mujeres que hombres, con el ensueño de catafixiarnos, en un tris, por unos más bellos, más suavecitos y menos peludos seres vivos.

Ni siquiera voy a hablar, propiamente, de esos centros en donde se dan cita el narcisismo y la autoestima, mi tema radica en lo lejana que estoy de comprender el maléfico incluido en esos productos mágicos expendidos por estetas y estilistas, y cuyos efectos –de los productos- caducan en un periodo no mayor a cinco cuadras.

Usted habrá caído en la tentación de poseer el tesoro ese en manos de su estilista y cosmetólogo, que la deja a una suavecita –el tesoro; digo, que el tesoro, y no el estilista, la deja a uno suavecita, no que nos deja suavecito… ¡Por Dios, no debieran necesitar tantas explicaciones!- y cuya venta está vedada en cualquier centro comercial, tienda de conveniencia, puesto callejero, pues solamente lo poseen ciertos iluminados. Ahí está el efecto, a la vista: nos cortan el cabello, vacían sobre nuestra humanidad cierto linimento que, enseguida, nos convierte en Beyoncé, J. Lo o Tatiana.

Volvemos a casa con cierta euforia no presente en nuestras vidas desde el lejano día de la boda… de Beyoncé, de J.Lo o de Tatiana, porque la propia fue un desastre después del brindis. Ya tenemos en nuestras manos el secreto máximo; a duras penas aguantamos la agonía del amanecer. De un salto, volamos al baño y salimos listas para la transformación.

No hacen falta palabras mágicas, todo está contenido en esa botellita de 45 mililitros y $867.50 pesos. Agitamos –la botella-; inclinamos –la cabeza-; volcamos toda nuestra melena hacia adelante y dejamos que el cabello reciba el elixir de amor, pero nada pasa, seguimos exactamente igual que al levantarnos.

Algún hechizo hay en las botellas del salón.

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