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Ricardo Raphael
Ricardo Raphael
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Licenciado en Derecho por la UNAM. Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela Nacional de Administración (ENA) de la República Francesa. Estudios Doctorales en Economía Política y Políticas Comparadas por la Escuela para Graduados de Claremont, California, EU. Secretario General de Democracia Social, Partido Político Nacional. Representante ante el Consejo General del IFE del partido México Posible. Coordinador de la Comisión Ciudadana de Estudios para Eliminar y Prevenir la Discriminación. Actualmente es profesor afiliado a la División de Administración Pública del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Conductor del Espiral, programa de análisis político dominical del Canal 11. Analista Político cotidiano del Noticiero Enfoque de Núcleo Radio Mil. Analista semanal del noticiero nocturno de Proyecto 40. Co-conductor del programa Claves, también de Proyecto 40. Integrante de la mesa editorial de la Revista Nexos. Miembro del Consejo Consultivo de Conapo. Cuenta con diversas publicaciones en temas relativos a: La transición democrática. La función pública. El sistema de partidos. Los derechos. La ciudadanía.

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16 Junio 2016 04:00:32
La crónica vanidad ciudadana
¿Cómo llamar a aquel que triunfa y no es capaz de darse cuenta? ¿Cómo nombrar a quien nada satisface? ¿Qué adjetivo usar para quien se volvió adicto a la protesta? ¿De qué manera conjurar el enamoramiento con los méritos propios y el desprecio por los ajenos? ¿Cuál es el remedio a la excesiva admiración hacia uno mismo?

¿Qué hacer con el más mezquino de nuestros vicios sociales: la vanidad?

El martes de esta semana la sociedad obtuvo un logro extraordinario. Por primera vez en la historia del país una iniciativa ciudadana fue aprobada por el Senado de la República en prácticamente todos sus términos.

Se trata de un proyecto legislativo que destruye el núcleo atómico de la corrupción mexicana y que por tanto va a cambiar en sus estructuras principales del privilegio, la arbitrariedad y el abuso de las autoridades políticas.

¿Por qué no ser capaces de reconocer lo sucedido y en vez de ello apedrear el logro común?

El sistema anticorrupción incluye más de 700 artículos dispersos en siete leyes distintas. Es una verdadera muralla a favor de la legalidad.

Entre sus atributos está que será encabezado –como no sucede en ninguna otra parte del mundo– por un Comité Ciudadano, en cuya conformación nada tendrán que ver partidos ni políticos.

Este sistema orquestará de manera armónica a las instituciones que hasta hoy tenían como responsabilidad fragmentada perseguir actos de corrupción. En términos del pescador, cerrará la red para que no puedan escaparse los peces, sin importar que sean gordos, flacos, grandes o pequeños.

Al fin sentarán en una misma mesa la Auditoría Superior de la Federación, la Secretaría de la Función Pública, el Instituto Nacional de Acceso a la Información, el Tribunal de Justicia Fiscal y Administrativa, la Fiscalía Especial Anticorrupción y el Archivo General de la Nación; todos coordinados por una persona elegida por la ciudadanía.

Ahora sí estos órganos tendrán dientes para castigar, tanto por la vía administrativa como por la penal. La Auditoría y la Función Pública fueron dotadas de facultades amplísimas para ello.

Habrá también nuevos tipos penales para que la Fiscalía lleve tras las rejas a los más corruptos, y ese órgano contará con autonomía para que las presiones políticas no guíen su comportamiento.

El sistema anticorrupción aprobado en el Senado impondrá su mandato sobre todos los funcionarios públicos del país sin importar que sean municipales, estatales o federales.

A partir de esta reforma, todos los funcionarios –hayan sido nombrados por votación o por la burocracia– estarán obligados a presentar declaraciones de bienes, conflicto de interés y pago de impuestos. Sobre ellos caerán obligaciones de transparencia y publicidad que hace sólo unos cuantos meses eran impensables.

Todo este andamiaje complejo y bien diseñado contra la corrupción fue un logro ciudadano. Fue el resultado de más de 600 mil firmas y es la conclusión de un esfuerzo largo entre decenas de organizaciones sociales y ciudadanos. Este éxito es la prueba incontrovertible de que el país puede cambiar si las personas de a pie agregamos voluntades alrededor de un mismo propósito.

Como dijo Eduardo Bojórquez, vocero del Frente Amplio de Organizaciones, lo más notable es que se haya obtenido este objetivo por la vía institucional. Sin la crisis que implica derrocar a un presidente, como sucedió en Brasil o en Guatemala, y en ausencia de las violencias que en otros tiempos han desembocado en ejecuciones o golpes de Estado.

Lo hicimos todos, en efecto, a través de la ruta de la paz.

Y sin embargo por un solo tema, por una sola pieza –pequeña en comparación con la grandeza del conjunto– se quiere desestimar el esfuerzo.

Es cierto que quedó pendiente determinar el formato con el que los funcionarios habrán de hacer pública su declaración de bienes patrimoniales. La iniciativa aprobada propone dejar este punto en manos del futuro Comité Ciudadano.

Es vanidad desestimar cuanto se obtuvo por una nimiedad. Sobre todo cuando la Cámara de Diputados puede todavía corregir y cuando el comité ciudadano habrá de estar integrado por las mismas personas que impulsaron esta gran iniciativa.

Zoom: la vanidad se define como el orgullo del individuo que tiene en un alto concepto sus propios méritos y un afán excesivo de ser admirado. No sólo es mal de los políticos, entre los líderes de la sociedad también se padece, grave, esta enfermedad.
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