×
Federico Muller
Federico Muller
ver +

" Comentar Imprimir
25 Enero 2019 04:00:00
La debacle de los modelos económicos
La pobreza en el mundo sigue siendo un oneroso lastre que los gobiernos no han podido disminuir aceleradamente; su tasa continúa siendo elevada en relación con el resto de las clases sociales que conforman las economías. En Latinoamérica, según reporta la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la pobreza ha crecido si se compara con la que existía en 2015, particularmente la pobreza extrema. Se estima, según esa fuente, que 62 millones de personas se encontraban en esa lamentable situación en 2017, y si se consideran otros factores que vayan más allá de la alimentación, la cifra llegó a 184 millones de pobres, que representaron 30.2% de la población del subcontinente americano. Cantidad nada despreciable, pues de cada 100 ciudadanos, alrededor de 30 tenían algún tipo de carestía elemental, lo que muestra el fracaso de las políticas públicas para tratar de erradicarla.

Algo paradójico es que lo que destinaron los gobiernos en América Latina a programas sociales fue 51.4% de su gasto público en 2016, y el gasto social “invertido” en promedio en cada ciudadano de la región pasó de aproximadamente 447 dólares, a alrededor de 894 dólares, en un periodo que se considera como mediano plazo de 2002 a 2016. Y si se mide la participación social del gobierno en el PIB, alcanzó más de 10% de ese indicador, el más alto desde 2002. (Fuente CEPAL).

Según los datos que reportan los países, el problema anterior tiene varias lecturas, pero revisemos solamente dos. La primera puede indicar que la cantidad de recursos invertida sea insuficiente, o que no llegue completa a los grupos marginados; si se dan malos manejos en la administración de los fondos, amerita una mejor fiscalización de los recursos públicos, en caso contrario el problema se agudiza porque el estado no tiene la capacidad de hacerlo, a menos que lleve una profunda reforma fiscal que no contemple sólo la recaudación, sino que tenga un carácter redistributivo de recursos entre la población.

La otra lectura, que parece la más asertiva, de acuerdo con la idiosincrasia del latinoamericano, es que la forma en que el Estado combate la pobreza no es la indicada. Subsidios, transferencias, becas a fondos perdidos y un extenso etcétera sólo fomentan la dependencia paternalista del Gobierno y el potencial creativo y técnico del ciudadano se minimiza, lo que no resuelve el problema, o en el mejor de los casos lo aplaza.

A pesar de que América Latina ha sido un gran laboratorio que ha probado casi todo tipo de regímenes, desde populistas hasta dictaduras militares, pasando por incipientes democracias, ninguno ha logrado crear y mantener una economía competitiva que se distinga por atacar frontalmente la marginación y la pobreza de la población. Quizá con excepción de Brasil y México, el resto de naciones ha mantenido un modelo económico sustentado en la extracción depredadora de recursos naturales y materias primas que venden a los países industrializados, siendo marginal el valor agregado que generan sus exportaciones.

Con los adelantos tecnológicos el panorama parece complicarse aún más para el territorio que fue conquistado por españoles y portugueses hace varios siglos. Los avances han llevado a que prive la economía del conocimiento sobre los modelos tradicionales sustentados en la manufactura y en la Inversión Extranjera Directa (IED). El desplazamiento paulatino, pero sin receso, de desplazados o migrantes que abandonan su terruño por condiciones de violencia y/o falta de oportunidades de empleo y superación personal, es otra evidencia de lo urgente que es encontrar el modelo económico que exige la tercera década del tercer milenio, que estamos por vislumbrar en un futuro muy cercano.           
Imprimir
COMENTARIOS



5 6 7 8 9 0 1 2