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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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22 Julio 2017 04:00:00
La declaro inocente
“La vida nunca me dio oportunidad”, “la vida ha matado mis sueños”, en resumen: la vida tiene la culpa. Este tipo de pensamiento insensato predomina en la mente de la mayoría de los seres humanos, arraigado en lo más profundo del inconsciente, impidiendo el desarrollo de su gran potencial creativo y creador.

Pensar con insensatez es lo que nos lleva a ver las oportunidades no como el momento idóneo para aprovechar o evitar algo que hemos venido propiciando, sino como premios de lotería que ganamos sin comprar boleto, y a nuestros llamados de vida como sueños volátiles que hay que perseguir contra viento y marea antes de que nos los arrebaten.

El pensamiento insensato es producto de la indisciplina mental, que a su vez tiene origen en el total descuido, e incluso el desconocimiento, de un proceso que es la clave de todo éxito o fracaso, y de cuyo poder transformador depende no solo la calidad de nuestra vida, sino la del planeta y el cosmos: se trata de la cadena atención-intención-concentración.

Usted no es producto, sino productor de sus circunstancias, aún de aquellas que no parecen tener relación con sus asuntos, porque todo en el universo está conectado a un nivel que ni siquiera podemos imaginar. Y las produce mediante este proceso.

Hablemos primero de cómo funciona para mal: se sufre una herida de infancia, a partir de la cual se pone atención en todo aquello que represente una amenaza; a esto sigue la intención de evitarlo, que incrementa la atención, hasta que se convierte en concentración, o sea, focalización sin distracciones, puesta en la herida y en la gente o la situación que puede infligirla, de tal manera que vamos hacia ella derechitos y sin obstáculos, porque no vemos nada más, y ¡zaz!, nuevamente nos lastiman.

Expliquemos ahora cómo opera este proceso mental a nivel de realidad cuántica, para que produzcamos las cosas buenas, las bendiciones, los milagros, la verdadera magia: todos llenamos de energía aquello en lo que ponemos atención, y aquello de lo que la apartamos pierde fuerza. Por tanto, una atención selectiva nos permitirá realizar cambios en nuestras vidas. Si llenamos de energía lo que no disgusta, eso es lo que obtendremos, porque a eso es a lo que le estaremos dando poder.

Tras la atención, sigue el aspecto volitivo, la intención, el para qué. La voluntad, dicen, mueve montañas. La energía, que es información, comienza a organizarse para dirigirse hacia el objetivo. Es entonces cuando percibimos lo que llamamos casualidades, que en realidad son indicios o señales de que todo se encamina hacia la realización.

Para concretar, se requiere concentración en el desarrollo de los acontecimientos, de manera que se haga lo pertinente en el momento oportuno. En esto consiste la verdadera oportunidad, no en algo que alguien buenamente nos da sin más.

Este proceso solo es fácil cuando resulta en desastre. Solito camina. Cuando lo aplicamos para bien se pone difícil, porque tiene truco: el desapego, que es lo que da carácter cuántico y espiritual a la atención, la intención y la concentración.

La expectativa –dependencia del resultado– pervierte el poder de la cadena y lo pone al servicio del ego controlador, que quiere manipular cada circunstancia para alcanzar su objetivo. Pero la única manera de entrar en control es dejar de controlar, dejar a la mente universal hacer su chamba, que es crear todas las condiciones y circunstancias necesarias para que se cumpla la intención.

El desapego es indispensable para que el universo opere en nuestro favor. Si nos empeñamos en decirle cómo desde nuestra pequeñez, nuestra pobre imaginación y las ínfimas posibilidades que podemos vislumbrar, estamos matando el milagro y cerrándonos las puertas.

Finalmente, convénzase de que “se hará en el mejor momento”, y ese no lo decide usted.
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