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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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13 Agosto 2017 04:00:00
La diversidad como derecho
Leí en días recientes un interesante artículo de Mario Luis Fuentes acerca del mundo indígena y su integración a partir de lo que llama “modelo de vida solidario, incluyente y equitativo” (México Social, http://mexicosocial.org/index.php/2017-05-22-14-12-20/item/1481-pensar-el-mundo-indigena).

Sería aberrante disentir de la corrección política y social de un modelo tal, pero me temo que procurarlo a partir de borrar las diferencias entre “nosotros” y “ellos”, como el articulista pretende, no sólo es utópico, sino que sería artificial y contrario a los derechos inherentes a los seres humanos. Creo, por lo tanto, que es necesario precisar algunos matices frente al modelo propuesto.

El referido artículo inicia con este párrafo: “La distinción ‘ellos-nosotros’ es por demás artificiosa y ha justificado un sinfín de atrocidades a lo largo de la historia. Pensar que hay un ‘ellos’ implica, de origen, asumir que hay un ‘estar afuera’, un ‘ser radicalmente distintos’, pero también, en el mundo práctico, un inaceptable principio de diferenciación y exclusión. Como norma general, la ‘conciencia moderna’ se ha planteado siempre así frente a las poblaciones indígenas: Impuso una barrera que, aun convocando o llamando a la “integración” o la “asimilación”, parte de una visión en la cual creer que se es parte del “nosotros”, en oposición al “ellos”, lleva implícita la idea de que “se es mejor”, “normal” y siempre “preferible” a lo que se nos opone”.

Lo primero que hay que decir es que esa dicotomía entre “nosotros” y “ellos” no es privativa de la “conciencia moderna”, ni exclusiva del mundo indígena y menos aun de México.

La naturaleza dual social-individual de los humanos –el “zoon politikon” de Aristóteles- y la diversidad de intereses y relaciones de cada uno con los otros, y también entre las colectividades parciales entre sí, hacen que la complejidad del mundo social sea diversa por naturaleza.

Más aún: esa diversidad es imprescindible para enriquecer e impulsar la evolución de los seres humanos y sus sistemas sociales, y por esa razón está garantizada, de manera generalizada, por los ordenamientos jurídicos internacionales y prácticamente todos los que regulan los derechos en cada estado de la que llamamos “civilización occidental”.

Todos somos entidades individuales, con derechos propios cada quien, y pertenecemos, ineludiblemente a varios “nosotros”, que excluyen, a los demás: los mexicanos frente a quienes no lo son; los arquitectos, médicos, etc., frente a otras profesiones; quienes forman parte de una familia ante quienes no son parientes, etc.

Es verdad que hay una tendencia atávica a ver a los extraños como “diferentes” y a despertar alertas de amenaza –que puede o no existir- ante su presencia. Hay que recordar que “hostes” en la antigua Roma significaba sencillamente “extranjero”, mientras que su hija “hostil” significa en nuestro idioma “enemigo”.

La visión no es nueva, tampoco la proposición que promueve su superación. Aquello que hoy llamamos “solidaridad” es un propósito que encuentra su correspondencia histórica en la “cáritas” de los primeros cristianos, que el laicismo de los ilustrados franceses convirtió en “fraternidad” y es hoy la característica que distingue a los derechos sociales, que la tienen por correspondencia obligatoria del conglomerado frente a sus miembros.

“En el fondo -dice el artículo que comento- lo que debemos lograr es un quiebre en la distinción radical que sigue estando en el substrato de la mentalidad mexicana y dejar atrás la oposición del ‘ellos-nosotros’. Debemos ser capaces de asumir que en nuestro país somos todos personas y buscar otras categorías, para concretar en el mundo práctico la reconciliación y un modelo de vida solidario, incluyente y equitativo”.

Me quedo con la idea contenida en la parte final de ese párrafo, pero extiendo su alcance al género humano todo, e insisto en que esa generalidad comprensiva no debe evitar las diversidades, sino propiciar la vinculación virtuosa entre ellas, a partir de la aceptación de que, en esencia, hay elementos que igualan, a pesar de las diferencias. Ellas han de ser conservadas, buscando siempre armonizarlas equitativa y equilibradamente.
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