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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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16 Enero 2017 03:50:00
La doble moral y el peligro de no tomarnos en serio
Tener doble moral significa que la actitud al hablar no corresponde con la que se exhibe al actuar; que lo que se dice no coincide con lo que se hace; que las mismas ideas no se aplican con igual rigor en situaciones similares; o bien, que, sin razón, con determinadas personas se tiene un comportamiento axiológico radicalmente distinto al que se tiene con otras. La doble moral es una contradicción pues. Desafortunadamente una contradicción común.

Cuando se afirma que los seres humanos son racionales, lo primero a lo que se apela es a la existencia de la razón, es decir, de la capacidad de discurrir el entendimiento, de pensar, de reflexionar acerca, entre otras cosas y situaciones, de lo que está bien y de lo que está mal. Es mediante el uso, el ejercicio de la razón que se genera la conciencia, el “conocimiento del bien y del mal que permite a la persona enjuiciar moralmente la realidad y los actos, especialmente los propios” (RAE).

¿Por qué, entonces, si las personas tienen razón y conciencia, por qué si conocen lo que está bien y lo que está mal, lo que está medianamente bien y medianamente mal, por qué si lo han constatado, cometen actos y omisiones que afectan a otras personas, a pesar de saber, por ejemplo, que el respeto y la fraternidad son deberes primarios? Se pueden ignorar muchas cosas, algunas básicas como saber escribir o leer, otras complejas como dominar biología molecular o química cuántica, pero difícilmente se ignoran las esenciales, como la importancia de no matar, no robar, no dañar los bienes ajenos y ser amables o ayudar a los demás. Un niño de 5 años sabe que no debe pegarle a otro.

La respuesta es simple: no nos tomamos en serio los unos a los otros o, si se prefiere ver así, nos tomamos muy poco en serio. Conocemos los valores, su significado, implicaciones e importancia, pero muchas veces no tenemos, no hemos identificado, no nos hemos construido los incentivos para observarlos y promoverlos, porque en ocasiones pareciera que da la mismo practicarlos o no. En su libro Ética para Amador, el filósofo Fernando Savater advierte de qué modo “la experiencia de la vida nos revela en carne propia, incluso a los más afortunados, la realidad del sufrimiento”; enseguida explica que “tomarse al otro en serio, poniéndonos en su lugar, consiste no sólo en reconocer su dignidad de semejante sino también en simpatizar con sus dolores, con las desdichas que por error propio, accidente fortuito o necesidad biológica le afligen, como antes o después pueden afligirnos a todos”.

En este sentido, “tomarse al otro en serio” significa verlo, reconocerlo y tratarlo como igual, como idéntico en lo más importante, en la esencia, naturaleza y composición; por ende, en tener necesidades y querer cumplir aspiraciones. Para Savater, “la primera e indispensable condición ética es la de estar decidido a no vivir de cualquier modo: estar convencido de que no todo da igual, aunque antes o después vayamos a morirnos”. Ese es el papel de la conciencia, recordar todo el tiempo a las personas que son iguales a las demás y que por ese motivo les deben igual trato, uno que sea siempre digno.

Reconocer que ese entendimiento debe guiar su vida es sustancial para todos los seres humanos, no sólo para tratar adecuadamente a quienes les rodean, sino para no ignorar su realidad, los obstáculos y las limitaciones que muchos enfrentan y para evitar, a la postre, el peligro de ser ignorados. Para ello hay que desarrollar la capacidad de escuchar, sentir y reaccionar. Lo que muchas veces no se sabe o no se quiere hacer. En Homo Deus, el profesor Yuval Noah Harari explica que “cuando intentamos escucharnos, a menudo nos vemos inundados por una cacofonía de ruidos en conflicto… hay veces en que no queremos oír nuestra auténtica voz, porque puede revelar secretos inoportunos y peticiones incómodas”.

Desafortunadamente, con frecuencia una de esas peticiones incómodas es la de negar a los “otros como yo”; es una resistencia, por momentos inercial, a ponerse en su lugar, a conocerlos y comprenderlos, a empatar con ellos y asumir realmente como propios sus obstáculos; una predisposición a ignorarlos. Esto lo hacen las personas a pesar de saber que está mal, que no es lo correcto, que no es lo que dictan las reglas de la ética. Ahí la doble moral, la que parece no importarle a nadie porque nadie está exento de ella. Así, los seres humanos ponen en riesgo su libre desarrollo, pleno y armónico. Al negar a unos se niegan a todos, a ellos mismos incluso. No se toman en serio.
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