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Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
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17 Octubre 2017 04:08:00
La esquela
No hay nada más difícil que redactar una esquela. Además de doloroso, resulta muy difícil, especialmente si se trata de un familiar muy entrañable, alguien con el que se ha convivido desde hace muchos años.

Cuando conocí a quien se convertiría en mi cuñado, entonces él era muy joven. Regresaba de un viaje a Cuba, donde había ido como reportero de la revista Paris Match cuyo fundador había sido su padre. Corrían los primeros 60 cuando vino a México como representante del mismo semanario para la Exposición de Francia. Más que de nuestro país, se enamoró de mi hermana. Fue un verdadero “coup de foudre”, un flechazo fulminante. El mismo momento en que el sacerdote los declaró marido y mujer, para mi cuñado fue como si en ese momento le hubieran anunciado que había ganado el premio mayor de la lotería. Desde ese día, decidió hacer feliz a la novia cada instante, momento, hora, día y año de su vida matrimonial. Los deseos de su flamante esposa serían para él órdenes ejecutadas hasta sus últimas consecuencias. Su único objetivo en la vida sería hacerla feliz.

En todo esto pensaba mientras intentaba redactar la esquela de ese hombre, tan buen hombre. Cómo expresar en tan pocas palabras lo que había significado para mí, como joven estudiante, haber vivido en París, con los recién casados. Dieciocho meses en los cuales a diario descubría maravillada, gracias a mi cuñado, algo interesante sobre gramática, historia, literatura, política, gastronomía e incluso detectar el buen vino, en suma diariamente aprendía algo nuevo de Francia. París, ciudad que amaba profundamente, se la conocía como la palma de su mano: con toda paciencia me explicaba el Metro y la línea de autobuses. A mi hermana nada le gustaba más que darle gusto, le platicaba, lo hacía reír, le cocinaba sus platillos predilectos, le contaba todos sus secretos, pero sobre todo, escuchaba con atención todas sus reflexiones.

En todo esto pensaba en tanto hacia lo posible por escribir esa maldita esquela que me parecía tan increíble que fuera cierta. Hacía menos de un mes que me había despedido de los dos. Estaban encantados de regresar a París para ver a sus hijos y nietos. De allí se irían a Rusia como si se tratara de otra de sus tantas lunas de miel. Como de costumbre, él se veía espléndido y ella, guapísima. Después de 50 años de casados habían terminado por parecerse entre sí: miraban hacia el mismo lugar y de la misma forma, sonreían de la misma manera, les gustaban las mismas cosas y votaban por el mismo candidato.

Parece que fue ayer cuando en realidad ha pasado medio siglo, que la enfermera de la clínica Belvedere de Boulogne le entregó en sus brazos a Cecilia, su primera hija, mi primera ahijada. Mi cuñado no sabía a quién sonreírle más, si a la madre o ese bebé rozagante. Al verlo tan conmovido, de inmediato comprendí que, en primer lugar, le sonreía a la vida, tal y como lo había hecho a lo largo de sus 75 años. Así de satisfecho recibió a sus dos hijos varones y a sus nueve nietos. Con todos estos acontecimientos tan vitales para él, seguramente, mi cuñado tenía la misma sensación que cuando se casó, que se había ganado el premio mayor de la lotería.

Cómo narrar todo lo anterior en una simple esquela de un cuarto de página. ¿Por qué publicarla, entonces? Porque en México mi cuñado tenía muchos amigos, porque aquí viven su hijo, su nuera y sus nietos, y porque habiendo sido tan educado, pienso, que es una forma cortés de despedirse.

Su partida fue tan intempestiva y tan rápida. Personalmente todavía no lo creo. Todavía hablé con él, el jueves pasado, para avisarle que llegaría a París el lunes y que me hospedaría en el hotel que me habían reservado. Su voz se oía fatal, pero pensé que tenía gripa. A la 1:15 p.m., le llamé a mi hermana para confirmarle mi llegada. Súbitamente escuché: “¡Se murió, se murió...!”, me gritaba entre sollozos. “¡Nooo!”, exclamé a todo pulmón. Mi cuñado había muerto de un infarto 15 minutos antes. Unas horas después, con todo el dolor de mi corazón, finalmente redacté la esquela para el Reforma que tanto me resistía a escribir: Anunciamos la muerte de Marc Lebreton. Admirable marido, papá, abuelo, tío, cuñado, padrino, amigo; gran ejemplo de entrega y amor de todos aquellos que lo quisimos. Acompañamos a Natalia su esposa, sus tres hijos y sus nueve nietos”.

¡Descanse en paz!
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