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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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06 Agosto 2017 04:01:00
La expresión coahuilense
El Ateneo Fuente nació poco después de haberse disipado el humo de las armas usadas en el fusilamiento de Maximiliano en Querétaro. Su fundación concretó el optimismo que invadía al país tras la restauración de la República. Su fundador, don Andrés S. Viesca, hombre valiente en la batalla, generoso en la victoria y visionario como gobernante, hizo su apuesta cuando México comenzaba apenas a barrer la casa y a recoger los escombros del Segundo Imperio. ¿Quién iba a pensar en tales circunstancias en fundar una escuela? Por fortuna, Viesca lo hizo.

La creación de don Andrés ha sido estudiada, por lo general –y es justo que así sea– como centro de enseñanza. La doctora María Candelaria Valdés es autora de dos estupendos libros que recuperan la historia de la institución. Sin embargo, además de su labor fundamental de preparar académicamente a jóvenes, miles de ellos después profesionistas, el nacimiento del Ateneo tuvo un importantísimo efecto colateral: inauguró la expresión estatal, si se me permite parafrasear a José Luis Martínez y su eruditísima La Expresión Nacional.

Así es, al hablar de poesía, teatro, ensayo y novela coahuilenses no existe riesgo en dividir la historia en un antes y después del Ateneo Fuente. El antes es casi un desierto en el cual se levanta en solitario la figura de Manuel Acuña. Con florido lenguaje sintetizó este hecho Manuel J. Rodríguez Tejada, autor de la célebre Anthología (así, con h) de Poetas y Escritores Coahuilenses: “Desde Acuña pasaron luengos años sin que la juventud coahuilense experimentara generosos impulsos para exhibir la belleza, respondiendo al momento histórico.”

Sin embargo, el poeta de Ante un Cadáver nutrió su inspiración en la Ciudad de México. Fraguado en el impulso nacionalista de Altamirano y el materialismo de Ignacio Ramírez, los maestros mayores, afinó la palabra en el intercambio con sus contemporáneos: Juan de Dios Peza, Manuel M. Flores, Agustín F. Cuenca y media docena más. Para Acuña, Saltillo adquirió la categoría de recuerdo lejano envuelto en nostalgia. Del  padre y de la madre asoman sus añoradas imágenes en dos o tres poemas, pero a su tierra natal dedicó únicamente uno, San Lorenzo.

Decía don Alfonso Reyes que el norte llegó tarde al banquete de la cultura, y Coahuila, por supuesto, no sería la excepción. Ese banquete se sirvió para nuestro estado con la fundación del Ateneo Fuente. Es tarea inútil intentar disociar esa institución con la historia de la literatura coahuilense del último tercio del siglo 19 y buena parte del 20.      

Ateneístas, maestros y alumnos, fueron los constructores  de la expresión coahuilense que logró registros altísimos en las plumas de don Julio Torri y don Artemio de Valle-Arizpe. Sería injusto incluir únicamente a las eminencias. Hay otros de más modesto brillo, pero igualmente valiosos por sus obras y su magisterio: José García Rodríguez, Otilio González, Jacobo M. Aguirre, Luis Lajous Madariaga y, más cercanos a nuestro tiempo, Jesús Flores Aguirre, Felipe Sánchez de la Fuente y Rafael del Río.

La mayoría de ellos colaboraron en la revista El Ateneo, cuya reedición –si acaso es posible reunir una colección completa– sería un magnífico aporte a las celebraciones del inminente sesquicentenario de la fundación del Ateneo, justamente representado en el escudo de Coahuila por uno de sus exalumnos, Vito Alessio Robles, como una antorcha. La antorcha que iluminó los primeros pasos de la expresión coahuilense.

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