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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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29 Octubre 2017 04:00:00
La Guerra
Su voz sonó fuerte y dulce a la vez, llenó todo el ámbito del escenario. Ely Guerra cantó en un auditorio al aire libre en el ITESO. Varios amigos de la universidad y yo fuimos a verla. Gloria su hermana, de quien yo estaba enamorado y quien era cinco años mayor que Ely nos invitó. En el escenario, guitarra en mano, Ely parecía distinta, no era la misma niña que meses atrás había festejado sus 15 años en una fiesta de luz y sonido.

Por esos años, yo visitaba mucho la casa de Ely, por alguna tarea, un cumpleaños o para ver un partido de futbol. Alberto Guerra era el entrenador de las Chivas y llevaría a su equipo a coronar la temporada 1986-87. En ese tiempo yo sólo tenía ojos para Gloria y oídos para Ely, quien no dejaba de razgar la guitarra con sonidos nuevos para mí en ese entonces: bossa nova.

El destino uno lo escribe día a día y a veces puede ser tan efímero como el sonido, Ely lo sabía, lo escribía en papel pautado, lo perseguía. Cuando Gloria y yo terminamos la universidad y ella la preparatoria, Ely se impuso a sus padres y siguió por el camino de la música, se fue a la escuela de artes The Evergreen State College, en Olimpia, Washington.

Volvió en 1992 con un disco entre manos, “Ely Guerra”. A su alrededor todo estaba cambiado, su papá había dejado a las Chivas, para mi desgracia, Gloria su hermana se había casado y yo, que le seguía escribiendo poemas, estaba por mudarme a la Ciudad de México.

En el Distrito Federal, Ely y yo nos volvimos a encontrar, nos veíamos sobre todo cuando Gloria la visitaba. Así pasaron los años, entre mis libros y sus discos, la madurez de su voz era evidente. Sería hasta 2011, después de su disco Invisible Man, cuando por fin trabajamos juntos.

Mientras Ely preparaba El Origen, un disco íntimo, sólo voz y piano, al lado de Nicolás Santella, le pedí que me acompañara en la presentación de mi novela Cállate Niña. Por esas fechas, Ely ya sabía que mi primer libro de poesía, Los Días Inútiles, se lo había escrito a Gloria. “Las letras

habrían de hermanarnos”, me dijo y se haría mi cómplice más de una vez.

Cállate niña lo presentamos en marzo de 2012. Al año siguiente fue Del rojo al púrpura y en abril pasado, en Bellas Artes, hicimos una lectura en atril al lado del Ángel Luna. Esa tarde, día de mi cumpleaños, me dijo: “Te espero en mi concierto del 16 de junio en el Esperanza Iris”.

Su voz sonó fuerte y templada, profunda y dolorosa. Con tantos matices como los días del año. Ely dividió el concierto según las cuatro estaciones, comenzó con el verano y Colmena, Vereda Tropical y You Love Me. Dos horas más tarde y 21 canciones, en plena primavera y con un teatro abarrotado que se desbordaba en aplausos, se despidió.

Instantes después, Ely volvió al escenario sin sus músicos, sólo piano y voz, volvió con Lágrimas de Agua Salada, Júrame y Vale que Tengas. En esta última rola, su voz cambió, sonó a capella, desnuda, sin piano, sin micrófono, casi a oscuras, sólo su voz por todo el ámbito del teatro. Era una voz desgarrada, potente, una voz que habitaba más allá de la piel. La voz de un animal herido, la voz de la Guerra.
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