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Redacción
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20 Febrero 2016 04:00:57
La herida abierta de la Tierra
Por: Indira Kaiceros Barranco

¿Recuerdas dónde estabas cuando ocurrió la tragedia de Pasta de Conchos, hace 10 años?. Yo me encontraba en la redacción del periódico donde trabajaba, un domingo en la noche, ya casi cerrando la edición. Había sido un día ordinario, sin grandes noticias, casi aburrido. Tenía a mi cargo la sección internacional, por lo que mi jefe me mandó llamar y me preguntó: “¿Qué sabes de una explosión muy fuerte en Sacramento?”. Las primeras informaciones fueron confusas e incompletas, fue fácil suponer que el accidente había ocurrido en Sacramento, California; después de rastrear en varias agencias, nada. La noticia no tardó en llegar. La explosión había ocurrido más cerca de lo que pensábamos, en un sitio minero del centro de Coahuila del que jamás había escuchado hablar: Pasta de Conchos.

El desastre se registró en la madrugada de ese domingo, pero la noticia se dio a conocer muchas horas después. Horas que pudieron haber servido para rescatar a los 65 mineros que perdieron la vida bajo tierra. Quizá. Tantas suposiciones se hicieron en el momento y se siguen haciendo.

Además de hacernos voltear hacia una región de Coahuila que por tradición ha estado olvidada, el derrumbe en la mina puso en evidencia las duras condiciones de trabajo de cientos de hombres que se parten el alma todos los días en la extracción del carbón.

La tragedia de Pasta de Conchos dolió por la muerte de esos mineros, pero también porque nos enfrentó a algo que no queríamos ver antes: la explotación brutal a que se someten los trabajadores cada vez que viajan al fondo de la Tierra para sacar el carbón que convertirán en pan para alimentar a sus hijos.

Dolió al ver la indiferencia de autoridades y empresarios mineros ante la tragedia que había destrozado a decenas de familias de la región.

Conocimos la desolación de cada anochecer sin haber podido rescatar los cuerpos, el cansancio de voluntarios, compañeros y seres queridos; cascos con lámparas quebradas, botas llenas de tierra, la textura del sudor mezclado con el hollín.

Vimos cómo se muere una esperanza día con día. Aprendimos que la resignación es a veces lo único a lo que te puedes aferrar cuando no pudiste decir adiós.

Después de varios meses, el dolor de las familias se fue convirtiendo en muchas cosas. Cada una vivió el duelo a su manera. Algunos decidieron dejar esa actividad para siempre, otros prefirieron pasear por San Juan de Sabinas en sus nuevas camionetas. El dinero de las indemnizaciones sirvió para consolar el luto de algunos, otros no se conformaron con los dictámenes oficiales. Saben que la complicidad y la negligencia estuvieron detrás de la tragedia.

Es una lástima que del profundo dolor e indignación no haya surgido un cambio para mejorar las condiciones de vida de los mineros de la Carbonífera, los cuales aún son explotados en condiciones laborales miserables, con salarios que no dignifican su trabajo ni recompensan los daños a la salud que les causa pasar tantas horas sumergidos en los ambientes viciados de la mina. Políticos y autoridades visitaron el lugar muchas veces sólo para sacarse la foto, pero al salir de ahí, se sacudieron el carbón de las manos y apostaron por que el olvido enfriara el enojo de las familias y los mineros que entregan sus vidas para saciar la avaricia de los que se creen dueños de la dignidad humana.

El caso Pasta de Conchos no está enterrado. Es una herida abierta en las entrañas de la Tierra que clama justicia.
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