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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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05 Octubre 2018 04:02:00
La hora de la verdad
El pasmo y la indignación no eran para menos. Un líder de opinión de La Laguna compartió por WhatsApp una nota de El Diario de Coahuila titulada: “Álvaro Moreira nuevo presidente del PRI”. En la fotografía –de archivo, lo cual no aclara– Miguel Riquelme abraza efusivamente a Moreira IV. “¿Alguien tiene duda de quién manda?”, pregunta mi paisano. Visto así, la respuesta saltaría a los ojos, pero mandar al benjamín del clan a cuidar las catacumbas por unas horas, tiene otro mensaje: terminar de sacudirse a los Moreira.

La operación limpieza (no ha llegado a purga, pues esta implica castigo) empezó en los primeros meses del sexenio: el muñidor del moreirato, David Aguillón, fue desalojado de las onerosas oficinas de la Fundación Colosio. Sería bueno saber si también ya dejó de ser proveedor del Gobierno. La escoba ha recorrido la mayoría de las dependencias, pero aún hay muchos enquistados. Homero Ramos Gloria, otro de los correveidiles del tándem Humberto-Rubén, fue vetado para ocupar la Fiscalía General del Estado y la Secretaría del Ayuntamiento de Saltillo. También han pasado los mejores días de Moreira III (Carlos) en el SNTE.

Álvaro ocupa la presidencia del CDE del PRI por nepotismo y por escalafón, no por méritos, pues estos dejaron de ser condición para encabezar un partido cuya jefatura fue ocupada en otro tiempo por políticos con formación, trayectoria y cultura (Federico Berrueto Ramón, Óscar Flores Tapia, José de las Fuentes y Florencio Barrera Fuen-tes), no por figurantes. En el sexenio pasado, Moreira IV tuvo a su servicio al director del Deporte, Jorge Pablo Chapoy –quería ser arquero; otros del clan, ahora con dinero, prefieren el golf–. Mientras, el gobierno le regateaba apoyo a Ernesto Boardman (Nuevo León lo presume, pero es de Ramos Arizpe), único representante de México en los Juegos Olímpicos de Río en esa disciplina (su especialidad es el recurvo individual). Y como en Coahuila una irregularidad se cubre con otra, a Chapoy le detectaron desvíos por más de dos millones de pesos.

A Álvaro las enseñanzas de Chapoy le sirvieron de muy poco (“lo que natura non da, Salamanca non presta”). En las urnas, la mayoría de los tiros le han salido por la culata. El año pasado, el PRI retuvo por los pelos la gubernatura en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, cuyo fallo estuvo a todas luces manipulado. Sin embargo, no pudo conservar la mayoría en el Congreso local ni las principales alcaldías; en compensación, recuperó la de Saltillo. Las cosas empeoraron en julio, pues además de perder nuevamente Torreón, Monclova y Acuña, Morena arrasó en Piedras Negras, Matamoros, Francisco I. Madero y Parras. De las elecciones federales, ni qué decir tiene. Rodrigo Fuentes, cuya marca en derrotas es casi perfecta, cantó carro completo, y por poco acierta. Pero fue el partido de AMLO –no el de Peña Nieto ni el de los Moreira– el que estuvo a punto de ganarlo todo. Sólo le faltaron cuatro distritos.

El primer informe de Riquelme se aproxima y es tiempo de asumir por completo y sin asomo de dudas el control político del estado y de una administración todavía con tufo moreirista. El Gobernador puede deberle mucho a Rubén, pero su responsabilidad constitucional lo rebasa y no admite dilaciones, salvedades ni medias tintas. Moreira II profundizó la crisis de la megadeuda y apoyó a Riquelme para salvarse. La cuenta entre ellos está saldada, pero no el daño y los agravios a Coahuila.
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