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Aida Sifuentes
Aida Sifuentes
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Es originaria de Sabinas, Coahuila. Egresó de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Coahuila y actualmente estudia ingeniería civil en la misma universidad. Colaboró en el Centro Cultural Vito Alessio Robles como correctora de estilo, y se ha desempeñado como periodista cultural. Es ajedrecista profesional y lectora por vocación.

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26 Noviembre 2017 04:00:00
La importancia de no ganar siempre
El ajedrez visto como deporte de competición brinda múltiples beneficios a quienes lo practican: fortalece los hábitos de disciplina y estudio, ayuda a hacerse responsable de los actos y a entender que cada decisión repercutirá en una consecuencia. Por desgracia, muchos jóvenes deportistas ven melladas estas virtudes del juego a causa del estrés al que lo someten sus padres, urgidos por la victoria constante.

En más de 10 años que llevo relacionada con el mundo del ajedrez he conocido a todo tipo de padres frustrados que descargan en sus hijos la ansiedad de lo que ellos no pudieron lograr de jóvenes: los que protegen las líneas de apertura de sus retoños como si fueran secreto de estado y tachan de traidor a todo aquel que imaginan las ha compartido con el contrario, los que le aplican la ley del hielo a los miembros de algún club antagónico, o los que queman en Facebook al organizador de un torneo en el que los desempates no los favorecieron.

Todas estas actitudes, lejos de alentar y favorecer el desempeño de los niños, sólo consiguen angustiarlos y frustrarlos. El deporte debe ser una plataforma para que niños y jóvenes potencialicen su talento y divertirse mientras lo practican, no la pesada carga de un grillete con el que deben lidiar a causa de las ambiciones de sus padres (ahora hablamos del ajedrez pero, por desgracia, este patrón se repite en múltiples disciplinas).

Es claro que estas actitudes no van cargadas de mala voluntad: el éxito deportivo se traduce en becas universitarias y qué padre no desearía que su hijo pueda estudiar en las mejores instituciones del país. El riesgo radica en perder el norte y obsesionarse con los resultados por encima de disfrutar el juego.

Ganar siempre no es una obligación. Es importante recordar que el ajedrez es un deporte, un arte y una ciencia, pero sobre todo, es un juego. Si no dejamos a los niños que se diviertan, entonces todo el esfuerzo pierde sentido. La alegría de los niños no debería verse opacada por ninguna medalla, trofeo o reconocimiento en el mundo.  

Cada persona debe elegir cómo construir su futuro: si habrá de ser ajedrecista, basquetbolista, pintor, músico, lo que sea que lo haga feliz. El deber de los padres es ser una guía para orientarlos por el camino, pero dejarlos libres para andar su propio tramo. En la medida que podamos recordar esto, habremos triunfado: tal vez no sobre el pódium, pero sí en la realización personal.
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