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Carlos Gutiérrez Montenegro
Carlos Gutiérrez Montenegro
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Psicólogo, Maestro en Enseñanza Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León, actualmente desarrolla su campo en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Saltillo, como coordinador de investigación; en el Centro de Asesorías, A.C. como psicoterapeuta psicoanalítico; Asesor técnico del Centro de Investigaciones Psicopedagógicas, de la Dirección de Educación Especial de la Secretaría de Educación y Cultura del Gobierno de Coahuila; Productor de contenido del programa “De Frente” y editorialista del canal 7 RCG de televisión, además de articulista del periódico “Zócalo” de Saltillo. Algunos de sus escritos e investigaciones son: "PSICOANALISIS Y SOCIEDAD", publicado por la Universidad Veracruzana en 1982, el 'ESQUEMA DE LA PUBLICIDAD', también publicada por la Universidad Veracruzana en 1984, la 'ESCUELA PARA PADRES", publicada por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila y el Instituto de Servicios Educativos del Estado de Coahuila, en 1993 (primera edición) y en 1994 (segunda edición). Además, la investigación llamada ‘ESTUDIO EXPLORATORIO Y PROSPECTIVA DEL PROGRAMA MECED EN EL ESTADO DE COAHUILA’, realizada en una colaboración conjunta de la UPN con el DIF Estatal y la Secretaría de Educación Publica de Coahuila y la investigación “ESTUDIO DE LAS CONDICIONES DETERMINANTES DE LA REPROBACIÓN EN LA UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA DE COAHUILA”, de reciente publicación.

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23 Julio 2018 04:00:00
La inmensa culpa del asesino
No se puede perdonar lo que cuesta trabajo comprender, y si es difícil asimilar la muerte de una mujer en plenitud de su fuerza, con inteligencia plenamente desarrollada y experiencia de la vida, entender el asesinato de una niña, a la que es fácil llevarse con engaños y dada su constitución física débil no presentaría mucha resistencia, entender eso es difícil y doloroso.

Este es el caso de la niña Ana Lizbeth, raptada en la colonia Vistas del Río, en Juárez, Nuevo León, y que 48 horas después fue encontrada sin vida en un terreno baldío, dentro de una bolsa, cerca tanto del lugar donde fue raptada, como del domicilio en el que vivía.

La niña había acompañado a su madre a la caseta de control de camiones donde trabajaba y ambas estaban esperando a que el papá llegara para llevarle la comida a la esposa y recogerla a ella, pero Juan Fernando “N” la vio primero y se la llevó.

El hombre ignoraba que la caseta tenía cámaras de vigilancia y el momento quedó grabado, con lo cual se aseguró su arresto.

El presunto asesino tiene un perfil delictivo claro, referido a un trastorno de la personalidad del grupo B, antisocial, porque según los datos disponibles, aportados por sus familiares, su comportamiento ha sido irresponsable y comenzó durante su niñez, caracterizándose a lo largo de su vida por crueldad, peleas, destrucción, falsedad, robo y eventos previos de abuso sexual que incluso lo llevaron a la cárcel.

Pero una vez que salió volvió a agredir sexualmente a otra niña de 12 años, en el año 2014, en Santa Catarina, por lo que llevaba cuatro años prófugo. Fue detenido por una denuncia cerca del lugar, pero en ningún momento ha demostrado señales de arrepentimiento por su comportamiento.

Cuando las personas con este tipo de trastorno desean satisfacer sus impulsos sexuales, no tienen más límites que el temor al castigo externo, que les cortaría su disfrute. Ven a sus víctimas como objetos, porque son incapaces de experimentar empatía y no pueden (ni desean) entender el dolor que causan.

Por ello, pueden repetir sus actos tantas veces, cuantas la oportunidad se les presente. A partir del arresto de Juan Fernando “N”, algunas organizaciones ciudadanas han exigido que se reforme el Artículo 22 constitucional para activar la pena de muerte para secuestradores y asesinos. Tal petición sería muy complicada de llevar a cabo, pues en la población en general se ha calculado que hasta 3% de hombres y 1% de mujeres padece del trastorno de personalidad antisocial, identificándose en más del 70% de prisioneros recluidos en cárceles. Este es un trastorno grave, con base genética tanto como ambiental y para el cual no existe tratamiento efectivo conocido.

Ese hombre (y todos los que padecen ese trastorno) no tienen ni la más remota idea del daño que hacen, no solamente a sus víctimas, sino a todos aquellos que la rodean y tampoco les importa. Son fuentes inconscientes de dolor que puede fácilmente desembocar en sufrimiento permanente.

A los padres y parientes cercanos de la niña muy probablemente se les desarrolle un trastorno de estrés postraumático que les obligará a revivir repetidamente la angustia del evento, les generará pesadillas y muchos sueños inquietantes, tendrán recuerdos de los sucesos que no podrán evitar y pueden generar reacciones físicas y tensiones emocionales que los pueden conducir hasta el ataque de pánico.

Pueden volverse pesimistas, perder el interés en muchas cosas que antes les atraían y empiezan a despegarse de personas a las que apreciaban. En algunas épocas específicas en las que el recuerdo llegue con mayor fuerza, como Navidad, cumpleaños o fiestas escolares, se presentará excesiva irritabilidad, estado de alerta, problemas para la concentración, insomnio o intensificación de la respuesta de sobresalto, sin identificar claramente la fuente de estas molestias.

Y va a disminuir por algún tiempo la capacidad de amar y de experimentar alegría por sí mismas, incrementándose el uso de alcohol o de otras sustancias para desencadenar esos estados de ánimo perdidos.

Como se puede ver, la destrucción cometida por ese presunto asesino no es solamente en su víctima directa. Las víctimas colaterales son muchas y tal vez lo peor de todo es que algo de esto es evitable, pero no están aún los mecanismos sociales que mitiguen la tragedia: seguramente nadie atenderá a los padres y familiares directos y luego les pedirán que sean fuertes ante su desgracia, como si ellos pudieran sanar el trastorno por su sola voluntad y sin ayuda sicoterapéutica y médica.
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