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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui, esposa, madre y abuela, proyecta a la mujer como formadora de valores, forjadora del carácter de los hijos y eje de la vida familiar. Su principal aportación como escritora es salvaguardar el bien común en todos los sentidos posibles a través del planteamiento de lo que es realmente femenino: el mejorar a la sociedad desde una perspectiva práctica, inteligente y comprometida con la tarea de revolucionar al mundo desde el interior de la institución familiar. Oriunda de Piedras Negras, siempre ha vivido en ésta ciudad. Correo Electrónico: [email protected]

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27 Mayo 2018 04:00:00
La lección de Zyanya
El suicidio entre jóvenes es un tema incómodo, de esos que quisiéramos mantener en silencio. Suele ser la punta del iceberg bajo la cual existen cuadros depresivos variables.

Hemos avanzado mucho en salud mental. Los trastornos en esta esfera han perdido su atávica condición de tabú, pero aún falta entenderlos bien. Suelen ser vistos como condiciones banales, que para resolverse dependen de la sola voluntad de quien las padece.

Zyanya Estefanía cursaba su segundo año de la especialidad en Pediatría. Sus amigos la recuerdan como una niña linda, dedicada y estudiosa. Pasó de ser la anónima poseedora de tales virtudes, a lamentable noticia a causa de su suicidio. Contrasta la imagen dulce de esta chica, frente a un hecho tan absoluto como contundente, terminar con la propia vida. Varios de sus compañeros atribuyen al acoso laboral su fatal decisión. Imposible descartar un fondo depresivo subyacente.

De por sí la carrera de Medicina es difícil. En nueve o diez semestres hay que aprender mucho acerca del funcionamiento del cuerpo humano sano, para luego interpretar lo que ocurre cuando enferma. Una vez entendido qué sucede en la intimidad de la célula, aprender el método para conocer, limitar y revertir el daño hecho: Un tratamiento que toque todos los aspectos que llevaron al individuo a la enfermedad, y una rehabilitación que lo regrese a la condición previa a enfermar. Más delante enfocarse a modificar factores de riesgo, y así evitar el desarrollo de tal enfermedad.

Prepararse en las aulas para ser médico implica dedicación, disciplina y coraje. Es apegarse a ese propósito por encima de la comodidad personal, la convivencia familiar y la interacción social. Como dijera mi querido maestro, Don Jorge Siller, “La Medicina es la novia más celosa”.

Terminan los años en el aula pero la preparación continúa por muy diversos caminos, en el área clínica o la investigación. Algunos llegan finalmente al período de preparación en una especialidad. Se trata ahora de aprender a profundidad los temas propios de un área específica. Habrá de seguir con la vista puesta en los tratados académicos, y la voluntad empeñada en la atención de los pacientes, bajo la tutela de las jerarquías superiores.

El entrenamiento no es sencillo, implica mucha voluntad, resistencia física, y sobre todo resiliencia. Aprender a sacar la enseñanza de cada situación, aun en los momentos difíciles cuando la angustia o el cansancio quisieran vencernos.

A lo largo de la vida habrá que trabajar a favor de las causas que consideramos justas y válidas. Para hacer bien las cosas, es menester administrar tiempo y energía, de otra suerte sucederá que, repartidos entre tantas actividades, nos volveremos ineficientes. Sobre todo cuando queremos cumplir con tareas que en justicia no nos corresponden. Ello puede resultar difícil de delimitar, en particular cuando deseamos quedar bien con todos, y de alguna forma los demás se aprovechan de esa buena voluntad.

No conocí en vida a Zyanya. Su historia me lleva a suponer que sucedió algo así, quiso repartirse entre tantas causas propias y ajenas, que terminó cayendo en una crisis. Seguramente había un fondo depresivo que se exacerbó debido a las presiones del exterior. De cierta forma me vi reflejada en ella; durante mi preparación en Pediatría viví un episodio parecido al suyo. Venturosamente tuve la oportunidad de entrar a psicoanálisis, que en definitiva ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. No es un tratamiento para locos sino una forma de poner orden a la máquina emocional, entender cómo se activa cada una de nuestras reacciones, y así estar en capacidad de modificarlas. Al final del psicoanálisis el individuo es capaz de analizar sus propios modos de reaccionar, modificar lo que haya que modificar, y seguir adelante.

Sorprende que en pleno siglo veintiuno conservemos modos de pensar anacrónicos para ciertos asuntos. La palabra “depresión” se visualiza aún rodeada de un velo lúgubre, como se entendía en la Europa anterior a la Revolución Francesa.

Necesitamos asimilar que es una condición clínica que cualquiera de nosotros puede padecer, y que –afortunadamente-- vivimos en unos tiempos en los que existen recursos útiles y seguros para tratarla. Habrá que estar en contacto con nuestros jóvenes, animarlos a conocerse. Detectar a tiempo cualquier signo sugestivo de depresión, y en caso necesario facilitarles buscar ayuda profesional. Que no teman delimitar sus responsabilidades, sin pretender cargar el mundo sobre sus hombros, lo que terminaría por aplastarlos.

Descanse en paz Zyanya, quien generosa nos deja una valiosa lección de vida para ser aprendida.

http://contraluzcoah.blogspot.com/
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