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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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18 Febrero 2018 04:09:00
La legitimidad democrática
En estas épocas electorales suele reciclarse la moda de hablar de democracia, elecciones, partidos y, recurrentemente, de “estado de derecho”; poco de legitimidad y sí mucho atribuyéndola al o a los gobernantes que ganaron en los comicios.

La verdad es que, a pesar de eso y de los ríos de tinta que han corrido sobre esos temas, poco es lo que se ha dilucidado y nada resuelto con claridad sobre ellos.

Las trampas del lenguaje mal empleado, otra vez, hacen de las suyas.

En primer lugar, creo necesario insistir en que, según yo lo veo, en el caso de la democracia se ha sustantivado un adjetivo destinado a calificar una característica del poder que, según es hoy generalizadamente aceptado, debe ser democrático, es decir, sustentado y destinado en su ejercicio al beneficio –que no al bienestar– de la comunidad y, por supuesto, de los seres humanos individuales que la integran.

Leo, en el artículo de Salvador Hernández Vélez intitulado Democracia a la Baja, una referencia al libro Contra las Elecciones. Cómo Salvar la Democracia, de David Van Reybrouck, en el que el autor del libro refiere cómo es que, a pesar de haberse incrementado enormemente el número de “democracias plenas”, en los últimos 10 años ha decrecido de manera notoria la confianza en los parlamentos, gobiernos y partidos políticos.

Atribuye esa circunstancia al “síndrome de fatiga democrática”, ocasionado, según él, al “fundamentalismo electoral”, que no es otra cosa que “idolatrar las elecciones”, mientras se desprecia a los elegidos, para concluir que es el sistema electoral el que falla, cuando en realidad es el gobierno electo el que lo hace.

Eso pasa, en eso acierta Reybrouck, porque lo común es que se confunda a la democracia con los procesos electorales, cuando que en realidad la democracia es un proceso continuo que debe manifestarse en el gobierno permanente e infaltablemente.

Gobernar es ejercer la soberanía, y en el “estado de derecho” eso implica que la principal función del Gobierno es emitir normas arraigadas en el consenso axiológico de la comunidad y apegarse a ellas rigurosamente durante su gestión.

Mal cuento es que los gobiernos no cumplan con los propósitos para los que se crearon como instituciones, pero todavía peor cuando actúan en sentido contrario, como ocurre cuando, lejos de garantizar los derechos y libertades fundamentales –razón suprema de su existencia– las contravienen, actuando precisamente como lo tienen prohibido y en el sentido contrario: vulnerándolos.

En épocas como la que vivimos, la idolatría del becerro de oro, revestido falsa, burdamente, de libertad, no es de extrañar que desde los centros de poder se pretenda la legitimidad se basa solo en procesos electorales, muchas veces de dudosa pulcritud incluso, y no se gane día a día en el ejercicio del gobierno en aras de satisfacer el genuino interés general.

Esa práctica, por infortunio cada vez más generalizada, es la causante del desencanto, no los métodos electorales, que no son sino procedimientos para designar a quienes deban representar los intereses comunitarios a la hora de legislar, juzgar y administrar los asuntos de la cosa pública.

Hay que retomar el sentido de las cosas y reconocer su función si no se quiere caer en las trampas de la confusión, que tan dañinas son para los más y tan benéficas para los pocos pescadores en tan revuelto río.

Como el mismo Reybrouck dice: “Estamos pasando de la centralidad a la descentralización; de lo vertical a lo horizontal; de una relación que iba de arriba a abajo a una relación que va de abajo a arriba. Hemos dedicado más de 100 años a crear esta sociedad centralizada, orientada de arriba a abajo y vertical. El modo de pensar se ha vuelto de revés. Por lo tanto, es preciso que desaprendamos y volvamos a aprender”.

La mayor barrera está en nuestra cabeza, dice Reybrouck. Puede que sí, pero creo que, sobre todo, en los intereses que quieren sacar provechos espurios de la situación.

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