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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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04 Enero 2017 04:00:00
La ley del hielo
En México estamos obsesionados con la nieve. Pistas de hielo congelan el Zócalo y los centros comerciales. Apenas con las primeras ventiscas del invierno que por cruel que parezca en la Ciudad de México alcanza el promedio de 10 grados centígrados, los chilangos sacamos abrigos, bufandas, suéteres de cashmere de Moroleón y los más enteleridos, guantes para sudar las manos. Todo se vuelve algarabía alrededor de simuladas chimeneas y envidiamos la suerte de nuestros vecinos del norte, sus casas blancas custodiadas por artesanales muñecos.

Apenas en febrero de 2008 conocí la nieve. Invitado por el Joliet Junior College viajé a Chicago a presentar El orden infinito. El hielo cubría todo, calles, coches, parques, los árboles resistían con voluntad de acero. Tras las ventanas de la casa de Gina Wiberg, donde me hospedé, la nieve caía sin cesar como pedacitos de nube. Una semana después fui a Detroit y me hospedé en casa de Gloria Guerra. El clima era peor. Ahí pasé mi primera gran nevada, que nos tuvo tres días recluidos en casa, sin poder asomar ni siquiera las narices.

La mañana que escampó, sin meditar mucho salí a la calle con mis botas de montaña, cubierto de pies a cabeza. Me sorprendió ver todo blanco, los autos encobijados de nieve, estalactitas que ya no goteaban desde el techo de las casas. Al fondo todo era gris y el viento tampoco movía los esqueletos de los árboles. Aún así me aventuré a caminar. Las piernas se me hundían en la nieve hasta las rodillas y antes de llegar a la esquina, ya estaba empapado, tenía los pies entumidos, no podía seguir avanzando. Con las piernas como horqueta de resortera, a punto de la congelación, tuve que pedir auxilio.

Hace unos días, en una reunión de amigos, hablábamos sobre las diferencias entre los mexicanos y los estadounidenses. ¿Por qué a nosotros se nos dificulta tanto trabajar en equipo? ¿Por qué no podemos celebrar el triunfo de nuestros compatriotas? ¿Por qué nos identificamos con la parábola del cangrejo y aplicamos la ley del hielo? “Precisamente por eso”, les dije, “por el clima”.

Nada nos constituye tanto como nuestro envidiable sol. Sólo un clima tan terrible como el que tienen en el norte del continente, con temperaturas que pueden bajar hasta los -25° centígrados en Chicago o Nueva York con sensaciones térmicas de hasta -50° celsius hacen que la gente trabaje en equipo y reconozca que el éxito o la sobrevivencia del vecino ayuda a la propia sobrevivencia. Sólo en estrecha cooperación y llegando a consensos para el bienestar de la mayoría pudieron construir ciudades como Boston, Filadelfia o Washington en territorios que hace 200 años eran gobernados por el hielo.
Después de aquel día en el que Gloria me rescató del jardín de su vecina, cuando la nieve comenzaba a cubrirme como muñeco de nariz de zanahoria, entiendo a las springbreakers que deliran por el sol de nuestras playas, donde la vegetación nos provee todo el año de jugosas frutas y manjares marinos que puede uno disfrutar en solitario. Selvas, bosques, playas, donde todo, hasta las gringas, parecen estar al alcance de la mano.

@RNaró
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