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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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19 Diciembre 2016 04:00:00
La mala costumbre de intentar complacer a todo el mundo
Las personas suelen empeñarse en complacer a los demás, muchas veces a costos desproporcionados que, por lo mismo, resultan inconvenientes. Ya sea por afecto, solidaridad, compromiso, temor, por necesidad de reconocimiento, de demostración o por otras razones, es común que las personas se esfuercen para agradar, producir satisfacción y placer, e impresionar –de forma directa o indirecta– a otras. Lo que no siempre es positivo, se requiere ni se justifica.

De acuerdo con Raúl Barral, en su libro La Enfermedad de Complacer a los Demás, la doctora Harriet B. Braiker señala que las causas por las que los seres humanos son complacientes, se dividen en tres grupos: “Los esquemas mentales o formas distorsionadas del pensamiento, los hábitos o conductas compulsivas y los sentimientos o emociones que despiertan temor”. En este sentido, explica que detrás de los seres extraordinariamente complacientes se oculta la urgente e incesante necesidad de blindarse contra el rechazo, así como la predisposición a evitar sentimientos incómodos. Es decir, de acuerdo con esta idea, las personas que siempre acceden a lo que las otras desean y que consideran que puede serles útil o agradable, muchas veces lo hacen por temor a la negación o a la crítica.

Para el experto en desarrollo humano Alejandro Meza (Forbes, 2016), es relativamente sencillo percatarse del grado de complacencia propio: “Mídete: a) Si decir que ‘sí’ o decir que ‘no’ te provoca culpa, b) Si descubres que constantemente dices que ‘sí’ a todo, aun cuando te implique problemas de distinta índole, y c) Si puedes decir que ‘no’ pero después te sientes mal y buscas resarcirlo con la persona; entonces tienes un problema de comunicación asertiva derivado de: una baja autoestima, una falta de conocimiento respecto a la forma de comunicar tus deseos, y/o de miedo a faltar a la autoridad”.

Ser amable e intentar ser útil a alguien, no sólo está bien, sino que es un deber humano básico. Pero ser complaciente al extremo siempre, a cualquier costo, sin medida ni control, no. Dar prioridad a intereses, anhelos y exigencias de otras personas, acceder siempre a sus deseos de un modo compulsivo, sacrificando la salud, el bienestar, la paz y felicidad propia, puede generar consecuencias negativas con un alto –y en ocasiones irreversible– costo personal y familiar.

Según Barral, para la doctora Braiker las personas complacientes tienen una serie de mandamientos que motivan y guían sus acciones como: “siempre debería hacer lo que quieren, esperan o necesitan los demás”, “debería escuchar en todo momento los problemas de todo el mundo e intentar resolverlos”, “siempre debería dar prioridad a las otras personas”, “nunca debería desilusionar a nadie ni abandonar en ningún sentido a los demás”, y “no debería agobiar a los demás con mis necesidades o problemas”. Frente a ello, precisa que el reto consiste en “eliminar la mayor cantidad posible de ‘debería’ de su pensamiento”. De lo contrario será imposible disminuir o controlar los altos niveles de estrés y tensión que produce el intentar satisfacer los requisitos y las expectativas externas; la costumbre de tratar de quedar bien con todo el mundo todo el tiempo.

Entre las sugerencias de diversos especialistas en este fenómeno psicológico-emocional, antes de intentar complacer a alguien, es importante reflexionar, por lo menos, sobre los siguientes cuestionamientos y responderlos de modo racional: ¿Realmente la persona, personas y/o la situación en la que se piensa intervenir lo ameritan (vale la pena)? ¿Se trataría de un acto realmente genuino? ¿Se contempla la posibilidad de hacerlo por generosidad, insatisfacción, temor o coacción? ¿Qué pesa más: las ganas de querer hacerlo o lo que otras personas pensarán si no lo hago?

Hay que vivir para servir, para ello es esencial pensar y actuar en función de los demás, pero no para buscar su aprobación, satisfacción o reconocimiento, más bien por conciencia humana y convicción propia, para no dañar la dignidad y, hasta donde sea posible, para contribuir en el desarrollo pleno de todos.

Por otra parte, es fundamental no dar a las ideas, acciones y opiniones de las demás mayor importancia o trascendencia de la que tienen. No debe olvidarse que, por lo general, las personas dan su parecer, se dan la vuelta y continúan con sus vidas. Complacer no está mal, lo que puede estarlo es lo que motiva a hacerlo, lo que implica, su forma y medida.
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