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Abdel Robles
Abdel Robles
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Licenciado en Ciencias de la Comunicación egresado de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Reportero sección policiaca en Editora El Sol, reportero sección local El Norte, coeditor del vespertino Extra de Multimedios, director editorial del Periódico La Voz de Monclova, director Editorial de El Diario de Coahuila, Comunicación del Municipio de San Nicolás de los Garza, NL, director editorial de Zócalo Piedras Negras, y actualmente editor en jefe de Zócalo Monclova

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31 Julio 2016 03:10:00
La maldición de los patios
Jugando a las seguidillas nos fuimos dándole hasta el patio trasero de doña Vianey…

Los cayucos se perdieron entre el zacate, quelite de puerco y el chuchuyate.

No te veo Negrito… “Tírale a ver si le pegas”.

Metió la mano entre el monte para buscar su agüita de color verdoso… Y la sacó de volada.

¿Qué fue?

Chibirico brincó como si tuviera un resorte en las patas…

¡Aijuesú!

¿Qué fue?… ¿Un chichagüe?… ¿Borreguillo?… ¿Gusano quemador?

No, no… Otra cosa…

“Juesupinshi”…

Sacudió la mano una y dos veces… “Creo que agarré chichicaxtle”.

¡Futa!… La maldición de los patios enzacatados…

¡Ardía como lumbre y picaba como la mera fregada!

Dejamos las cuirias olvidadas y corrimos a la casa…

“Dicen que hay que poner saliva de mujer embarazada”… “O embarrarte con ajo”…

En el camino estaba el grandioso tío Juan comiéndose una mandarina…

“¿Qué les pasó?… “¡Chichicaxtle tío!… Agarró chichicaxtle!”

Con los gajos en la boca, hizo una seña de hombre sabio, y como quien calma una tempestad con el gesto, nos dijo… “Orínate la mano”.

Se detuvo el Chíbiri… ¿Orinar la mano?

Bueno, tomando en cuenta que la mujer panzona más cercana esta a dos cuadras -la hija de doña Chila- y que el ajo apesta regacho, orinar la mano era lo más sencillo.

Así que no dudó…

La inocencia de los cinco años nunca repara en pudores, allí mismo echó mano a la bragueta y liberó el pizarrín…

El tío quiso intervenir… Pero los gajos de mandarina lo impidieron…

Manoteó… Se atragantó… Finalmente, cuando pudo hablar era muy tarde.

“¡Agárralo con la otra mano… Muchacho zonzo!”

Demasiado tarde…

Chibirico empezaba a sonreír aliviado de su mano, cuando empezó a sentir la picazón en donde menos pensaba…

“¡Se me está hinchando el chilito!”…

Parecía una cuetla… Un gusano de los que brinca la mariposa antes de reventar… ¡Y la comezón!

“¡Ya me cargó… Ya me cargó!”… Le puso chichicaxtle a su pajarito.

¿Y ahora?

Corrimos, pero la hija de doña Chila no quiso escupir, y mucho menos untar saliva…

A lo más que llegaron fue embarrarle ajo… Harto ajo.

A los 10 minutos la emergencia estaba superada…

Se fue a su casa y regresó bañadito, pero aún despedía un intenso aroma de ajo.

Checherengüe le dijo… “Ya nomás embárrate tomate, pa que hagas una salsita martajada, de ajo, chile y tomate”… Y de la carcajada escupió un pedazo de bolillo…

Pero Chibirico, filósofo ocasional, levantó el dedo pontificador…

“Dice mi mamá, que está bien, porque al menos… La riatita ya no me va a oler a cebo!”

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