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Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre
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Es un escritor y periodista nacido el 8 de julio de 1938 en Saltillo, Coahuila, México, siendo hijo de Mariano Fuentes Flores y Carmen Aguirre de Fuentes. Es famoso por su humor, el que ha plasmado en su obra escrita. A los quince años de edad obtiene la licencia de locutor de radio. Abogado por la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, es maestro en Lengua y Literatura, así como maestro en Pedagogía, por la Escuela Normal Superior de Coahuila.

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29 Octubre 2010 04:08:37
La Medalla Belisario Domínguez
El rey dijo a sus caballeros que le daría la mano de su hija a aquél que le llevara la gallina de los huevos de oro. Uno de ellos, después de muchas búsquedas y luchas, le llevó la gallina. El rey estaba feliz. Junto con sus cortesanos vio a la gallina poner un huevo de oro cada hora.

Le dice el rey al vencedor: “Puedes casarte con mi hija”. “Olvídese de su hija -le dice el caballero-. Deme la gallina de los huevos de oro”. Al igual que el país, la Medalla “Belisario Domínguez”, preciada condecoración, es hoy propiedad de los partidos que señorean la República. El Senado otorga esa presea, se supone; pero la institución senatorial ha sido desvirtuada por la casta política: No representa ya, como en su origen, la soberanía de los Estados; es ahora un espacio más para acomodar a esa copiosa burocracia partidista que aparte de gravitar onerosamente sobre la economía nacional, estorba la llegada de México a la modernidad. Podría hablar más de este asunto, pero el tema me encaborona de tal modo que me quita toda capacidad de juicio, anula en mí lo poco que me queda de sindéresis, y déjame privado de una de las cuatro virtudes cardinales que enunció el buen Padre Ripalda en su olvidado catecismo: La prudencia.

(Las otras tres son la justicia, la fortaleza y la templanza. De ellas la única que practico es la templanza. Pero eso se debe a falta de fortaleza).

Sin embargo, como digo una cosa digo la otra. Aplaudo -con las dos manos, para mayor efecto- la entrega de aquella medalla a don Luis H. Álvarez y, post mórtem, al ingeniero Javier Barros Sierra. Don Luis es un hombre íntegro que ha hecho aportaciones valiosísimos a la causa de la democracia en México.

Barros Sierra fue un acrisolado universitario en cuya persona encarnó, en días definitorios, lo mejor del espíritu de la Universidad. Acertados anduvieron los senadores en su reconocimiento a esos dos buenos mexicanos que merecen el bien de la República.

En estos días otoñales caen las hojas de los árboles. Por dos razones no miro su caída. La primera, para no ponerme en trance de escribir alguna copla dolorida como aquella que a la letra dice: “Hojas del árbol caídas / juguete del viento son. / Las ilusiones perdidas / son hojas ¡ay! desprendidas / del árbol del corazón”. La otra razón por la que no miro caer las hojas muertas es porque estoy viendo los juegos de la Serie Mundial de Béisbol. En estos días recuerdo las hazañas que realizaron algunos de los grandes peloteros de las Ligas Mayores, pero no en el diamante, sino en la cama. Joe Pepitone, primera base de los Yankees de Nueva York, no era precisamente un hombre guapo.

Cuidaba mucho, eso sí, su apariencia personal. Continuamente se estaba acomodando el pelo con un peine; vestía ropa glamorosa, y fue objeto de las bromas de sus compañeros al introducir en los vestidores una secadora de pelo, aparato que se consideraba de exclusivo uso femenino. Pepitone se divorció de su esposa porque ella encontró un cuaderno en el cual Joe llevaba el registro de todas las mujeres con las que había tenido sexo, con nombres, fechas, lugares y detalles completos del encuentro erótico. La lista incluía a más de 150 damas.

Feíto y todo, Pepitone se volvió a casar en 1974 con una conejita del Playboy.

Alguna cualidad debe haber tenido, a más de la de ser extraordinario inicialista. (Mañana: Pete Rose). Un mexicano y un judío llegaron juntos a las puertas del Cielo. San Pedro les dijo que no los podía admitir: No estaban en su lista. Irían al infierno. Si Satán los dejaba salir, entonces podrían ingresar en la morada celestial. Grande fue la sorpresa del apóstol cuando una hora después regresó el mexicano. Le pregunta San Pedro, con asombro: “¿Cómo hiciste para que Satán te dejara salir?”. Responde el tipo: “Le ofrecí una mordida de mil pesos”. Inquiere el portero celestial: “¿Y el judío?”. “Lo dejé regateando con el diablo -contesta el mexicano-. Cuando salí ya lo había bajado a 200”. FIN.
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