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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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14 Febrero 2017 04:00:00
La moral y sus frutos
Tiene razón: no se apellida Moreira, pero en su nombre lleva la “M” del clan, como también de Martínez, Montemayor y Mendoza. En cambio, acierta cuando advierte, refiriéndose a sí mismo en tercera persona: “Miguel Riquelme no se inventó en los últimos dos sexenios, Miguel Riquelme trabaja en el Gobierno, inicia su carrera política desde el sexenio de Rogelio Montemayor, con distintos cargos, soy un servidor público de carrera”, declaró a la periodista María Elena Sánchez (El Norte 19.1.17.) antes de registrarse como precandidato del PRI al Gobierno de Coahuila. El otro aspirante, Jesús Berino Granados, actúa de comparsa, pues le permite realizar proselitismo antes de ser ungido el próximo domingo 26.

En los gobiernos de Montemayor y Enrique Martínez, Riquelme se desempeñó como jefe de Espectáculos y Alcoholes de la Recaudación de Rentas de Torreón, recaudador interino en Matamoros y director de Control Vehicular. Montemayor lo despidió por apoyar a Martínez y no a su candidato, Jesús María Ramón. Una vez resuelta la sucesión por Martínez, el PRI postuló Riquelme –entonces operador electoral de Raúl Sifuentes– para diputado local por Torreón. Perdió frente el panista Jesús Flores Morfín.

Tras la renuncia de Sifuentes al PRI, Riquelme y otros integrantes de ese grupo (Eduardo Olmos, Lauro Villarreal, Noé Garza, Jorge Luis Morán…) fueron atraídos por Humberto y Rubén Moreira. Es cierto, Riquelme no es una invención de los hermanos, pero de ellos recibió las mayores oportunidades: diputado local, subsecretario de Desarrollo Regional, diputado federal, secretario de Gobierno, secretario de Desarrollo Social, alcalde de Torreón y virtual candidato del PRI al Gobierno, el primero de origen y arraigo en La Laguna después de medio siglo. La mayoría de los anteriores surgió de Saltillo.

Hasta 2011, ningún gobernador había nombrado candidato. Primero, porque bajo la presidencia imperial la potestad correspondía sólo al jefe de Los Pinos. Segundo, porque, cuando pudo, Enrique Martínez perdió el control de la sucesión. Distraído en sus sueños presidenciales, Humberto Moreira le comió el mandado. No sólo eso: seis años después, su hermano Rubén fue declarado Moreira II. Frente a la imposibilidad de una nueva sucesión fraterna, Rubén perfiló desde el principio de su gobierno a Miguel Riquelme. Por lo pronto, ya es candidato, pero sin poder quitarse el título de Moreira III.

El proceso resultó desgastante. Primero debía despejarse el tablero y cerrarle el paso a los otros aspirantes. La rotación de secretarios respondió a esa lógica. Ninguno creció, y quien se rebeló contra el proyecto lagunero fue defenestrado (p. ej. Noé Garza Flores). El mismo criterio se aplicó a los diputados y senadores. En Torreón y otros municipios, las candidaturas recayeron en hombres y mujeres dóciles, sin representación ni liderazgo. Javier Guerrero, Jericó Abramo e Hilda Flores fueron alejados de Coahuila y marginados del proceso, con la aquiescencia del líder del PRI, Enrique Ochoa.

Guerrero renunció y se postuló como candidato independiente. Los otros se abstuvieron de participar para no legitimar una consulta resuelta de antemano. Abramo, exalcalde de Saltillo, fue el único que acompañó a Riquelme a su registro. El reto del lagunero consiste en demostrar que moral (escrita con “M” de Miguel) no es un árbol que da moras y a últimas fechas mordieras.
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