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Arturo Guerra LC
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21 Mayo 2017 04:00:00
La música de don Adriano
Don Adriano ya tenía el pelo blanco. Por sus venas seguía corriendo música. No era especialista de ningún instrumento sino que los tocaba todos. Y si descubría uno nuevo, aprendía a tocarlo.

Otra de las curiosidades de don Adriano era que algo se le movía en el corazón cuando se topaba con algún instrumento desvencijado, y no descansaba hasta lograr repararlo. Era ya maestro en esto. Esperaba siempre emocionado el momento mágico en que terminada la reparación arrancaba al instrumento sus primeras nuevas notas.

Cuentan que una vez, en una tienda de antigüedades encontró un violín con la cavidad rajada, los tornillos corridos, descordado, apolillado y triste. Verlo, encariñarse con él, adquirirlo, llevarlo a su taller y arreglarlo fue un solo movimiento. En otra ocasión halló por accidente en la basura una flauta dulce, de esas comunes que a muchos niños les aparece en su lista de útiles escolares. Don Adriano dedicó horas y horas para restaurarla. Algunos de sus colegas le decían que no valía la pena, que aquella flauta ya le pertenecía a la basura, que para qué perdía su tiempo, que ellos le regalaban una nueva con tal de que se olvidara de aquella.

Don Adriano sólo sonreía y permanecía en su taller curando con paciencia las numerosas cicatrices de aquella flauta dulce tan común. Tres meses pasaron. Y entonces, sopló por primera vez a través de aquella flauta que parecía otra. Quienes le escucharon a distancia se preguntaban de dónde provenía aquella música de tanta calidad. Ah, qué don Adriano…

El caso es que así se le iba la vida: mucho observar y escuchar, poco hablar, mucho reparar y tocar todo instrumento musical que caía en sus manos. De la música de don Adriano decían sus críticos que parecía de otro mundo, que a veces caía como bálsamo pacificador y que otras veces sacudía y revolucionaba el corazón.

Algo así puede suceder entre Dios y el corazón humano. El corazón humano es como ese violín o esa flauta, medio rotos, desvencijados, descuidados o abandonados. Y si el Señor nos encuentra, ya la
hicimos…

El Señor es ese don Adriano que se la pasa observando, escuchando, hablando poco, detectando por entre las calles de nuestro mundo seres humanos tristes, desesperanzados, rotos, con problemas tremendos en su corazón que no saben cómo resolver y hasta ahí llega el Señor para adquirirlos con el precio de su sangre y repararlos.

Pablo VI, antes de ser papa, reflexionando sobre la acción de Dios en el alma escribió estas palabras como si las dijera el Espíritu Santo:

“Yo entraré en tu corazón y extraeré de él latidos de amor superior como un artista que sabe producir música divina de este instrumento roto que es el corazón humano”.

Podemos imaginar el cariño, la tenacidad y el entusiasmo que el Señor pone en reparar un corazón humano, y cómo espera con una ilusión inaudita ese momento en que le arrancará las primeras nuevas notas musicales.

Los santos son guitarras, violines, flautas, tambores, marimbas, pianos, trompetas que se dejaron reparar por el Señor y le permitieron que tocara la melodía que Él quería. Así que si una buena tarde te sientes desvencijado y ves por ahí pasar al buen Señor, no dudes en ponerte en sus manos…
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