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Abdel Robles
Abdel Robles
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Licenciado en Ciencias de la Comunicación egresado de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Reportero sección policiaca en Editora El Sol, reportero sección local El Norte, coeditor del vespertino Extra de Multimedios, director editorial del Periódico La Voz de Monclova, director Editorial de El Diario de Coahuila, Comunicación del Municipio de San Nicolás de los Garza, NL, director editorial de Zócalo Piedras Negras, y actualmente editor en jefe de Zócalo Monclova

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03 Abril 2016 04:10:06
La pandorga
Terminé de hacer la pandorga… ¡La primera de mi vida! La recorté con la ayuda del Checherengüe, con papel de china… le puse el arco y la barrita con la varita que saqué de la hoja de palma.

Engrudo para pegar las alas… y una cola de trapo larga, para que no “rabiara” a la hora de elevarla.

“Es una güila”, me dijo el Negrón…

¿Una güila?… ¡Es una pandorga!… ¡Pandorga!…

Pero él, que en su infancia errante al lado de mi abuelo el teniente coronel y Felisa, mi amada abuela, vivió muchos años en Matamoros, tenía palabritas norteñas allá en donde todos hablamos cantadito.

No íbamos a discutir el nombre… porque con la curia de quien realiza una delicada cirugía, con la lengua saliendo a través de los labio apretados, le puse los frenos con hilo y aguja…

¿Listos para volarla?

Cuando la levanté, me di cuenta de que estaba preciosa… el Chéchere estaba ansioso…

Desde el terreno de la huapilla nos plantamos y empezamos a soltarle el hilo, y se elevó majestuosa… “¡Le zumba la carabina!”, exclamó el bembón con aquella satisfacción de quien había colaborado en el éxito.

“¡Suéltale el cáñamo Negrito… suéltale cáñamo!” Le di hilo… y hubo un momento en que la pandorga flotaba majestuosa sobre la copa del caimito, que era un arbolote enorme…

Es la cosa que tiene el éxito… se nos acabó el hilo, ¿Y ahora?… ¿La bajamos?

Volar alto era emocionante, pero cuando ya no hay más… se acaba el chiste.

“Aguántame Negrito… voy por hilo”…

El Chéchere sacó polvo con las patas prietas y callosas, se me perdió de la vista por el callejón de la cuartería… aquello merecía ir más lejos, más alto…

Regresó resoplando… los cachetes que se inflaban y desinflaban… El negro rostro en tono morado… la respiración agitada… “¡Échale Negrito!”

Me lo entregó y volvió a largarse corriendo.

Así estaba yo, con la mano izquierda que controlaba la pandorga…

con la derecha sosteniendo el nuevo carrete de hilo…

¿Y cómo voy a empatar el cáñamo?… imposible hacerlo solito, entonces aparecio El Negrón… mi ayuda providencial.

Venía cubriéndose los ojos del reflejo solar de aquella tarde con la mano como visera en la frente.

“Apá… ¿Me ayuda a empatar el hilo?”

Estaba orgulloso de su esquelético y negro retoño… ¡La hice volar!… ¡Vaya!… la primera pandorga y era un éxito.

Usualmente cauteloso, esa vez estaba tan emocionado que ni siquiera me preguntó de dónde había sacado ese hilo extra…

Rompió el hilo de mi pandorga para empatarlo con el nuevo… le puso saliva a un extremo, y justo entonces aparecieron… doña Chila y el Chéchere… ella lo traía de la oreja… “Muchacho cabrón… orita te voy a coser los huevos con el hilo que me robaste”.

“¿Él te lo dio?”

El Negrón tenía aquella expresión dura de sargento disciplinario…

¡Uta güira!… ¿Cómo se me olvidó decirle?… ¿Cómo se me ocurrió agarrar el hilo con la fama de ratón del Chéchere? “¡Te estoy preguntando!… ¿Te lo dio él?”

Sentí, palabra de niño… palabra de chamaco de cinco años… palabra de Pichojitos, que me iba a orinar… supe que se me iba a salir el agua…

Pero no era yo… era El Negrón quien tenía el hilo robado en la mano… ¡Bonita cosa!… ahora resultaba que estaba metido en un robo.

¡Y tan honrado él… tan lejano a los escándalos con las vecinas groseras!

Volteé para ver a Chéchere, a ver qué carajos se le ocurría…

“Sálvame jijo de tu rechinchurria… me van a cintarear”.

“Tío… tío… yo compré el hilo, doña Chilita me debe 25 centavos de unos mandados, y no me ha pagado”.

¡Ah qué bonita salvada!… si robar era malo, cobrar a lo chino era indecente…

“Mejor cállate el hocico”, tuve que intervenir, y de plano me oriné… ¡Ya qué!

Doña Chila le quitó el hilo a mi padre, quien no atinó a decir nada… de suerte que la vieja le tiraba el calzón desde hacía mucho.

“No se preocupe Lonchito… no se preocupe… ya conozco a este chamaco…

A ver si mañana o pasado me viene a arreglar la lavadora, y haga de cuenta que nada pasó”.

Yo estaba congelado… miado… asustado… y ni cuenta me di cuando solté el hilo de la pandorga.

Volví a la realidad cuando Chéchere gritó… “¡La pandorga… la pandorga… no mames… no mames!”

Se fue haciendo chiquita… chiquitita… se fue desmayando en el cielo, cayendo en reversa… “Va para la bimba”, dijo el bembón. Yo me fui de puntitas, con una oreja sujetada por El Negrón que no hablaba…

Dos horas después yo estaba sollozando todavía por la cintariza…

Chéchere estaba sollozando con los pedazos de la pandorga en las manos.

El Negrón nos trajo un vaso de agua de arroz, para signar la paz.

“Pa la otra aprendan”…

“Uno vuela hasta 'onde da el hilo… si a fuerza quieres más, terminas como tu pandorga”.

¡Ah, bendita sabiduría del Negrón!…

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