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Raymundo Riva Palacio
Raymundo Riva Palacio
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09 Marzo 2017 04:08:00
La paradoja del Peje (I)
En cada campaña presidencial, Andrés Manuel López Obrador tiene una curva de aprendizaje. El político primitivo, pero carismático, que ganó la Jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal en 2000, se convirtió en un líder popular que emergió como el líder insustituible de la izquierda social, cuya visión corta lo llevó a crear una estructura electoral paralela al PRD en 2006 que acompañó a su soberbia durante la campaña presidencial, y al final su derrota. En 2012 ya no utilizó las frases peyorativas que 6 años antes le quitaron puntos y aprendió que la política moderna obliga a participar de ejercicios democráticos, sin festejar antes de tiempo, junto con un cambio de tono en el discurso que le redituó grande, hasta que se enconchó sin responder nada convincente cuando le preguntaban si, en caso de perder, aceptaría la derrota. En 2018, lo que se ve en el revigorizado López Obrador, es un político más maduro que ha cambiado la semántica y los decibeles. Los resultados son asombrosos.

Un estudio lingüístico de López Obrador, realizado por linguakit.com, muestra cómo, sin alterar su visión de país y los objetivos políticos, económicos y sociales que ha mantenido por más de dos generaciones, el mensaje del político ha evolucionado significativamente. En 2005, el año en que el Gobierno de Vicente Fox logró su desafuero y a punto estuvo de meterlo en la cárcel –por un delito menor de carácter administrativo–, su palabra más utilizada en los discursos era “mala leche”. Expresiones que utilizó en ese entonces como “golpe artero” o “actos autoritarios” entraron bien en su clientela incondicional y en algunos sectores de clases medias, pero comenzaron a mostrar una cara autoritaria, tan ominosa como lo que criticaba, además de intolerante y belicosa.

El discurso teológico de López Obrador, cuya visión del mundo no tenía grises y todo era ricos o pobres, buenos o malos, penetró poderosamente en la psique religiosa mexicana, y se ha mantenido fuerte por la consistencia del mensaje y la congruencia de sus ideas. Pero la parte beligerante, o actitudes de desprecio más asociadas al PRI que tanto criticaba –como el no querer debatir porque su ventaja en las encuestas era amplia–, y la forma como se expresaba peyorativamente de sus adversarios y buscaba ridiculizarlos, alienó a sectores con capacidad económica que se sumaron, con aportaciones financieras, a sus adversarios en las urnas. En las elecciones de 2012 mejoró notoriamente su mensaje y tono, pero se mantuvo ideológicamente en el maniqueísmo que volvió a hacerlo caer en la trampa del silencio cuando un mes antes de la elección no supo contestar si reconocería la derrota en caso de perder en las urnas.

En 2017, su discurso ha cambiado por completo. Ya tiene grises, donde no todos los ricos son malos, ni todos los políticos tienen que irse al diablo. Es más incluyente y se muestra tolerante. La belicosidad, cuando menos hasta ahora, se ha acotado a las arengas políticas cuando el caso lo merece, sin que haya asustado a muchos, como otrora, sino persuadido de que el López Obrador que ven ahora ha renacido. Si se cualifican las frases de López Obrador en dos discursos clave, se puede ver que en 2005, cuando se pronunció contra el desafuero, el 57% de las que utilizó tenían una connotación negativa, contra 35% que las tenían positivas y 8% neutras. Para 2017, el mensaje más importante fue el que dio ante mexicanos en Los Ángeles, donde el 49% fueron positivas, contra 29% negativas y 22% neutras.

El análisis lingüístico de linguakit.com soporta el cambio de mensaje, sin alterar el fondo. La “mala fe” quedó suplantada por un discurso donde ha hablado mayoritariamente de los derechos, a los que incluye otras palabras que sobresalen en su retórica, como los valores cívicos y la fraternidad. Ha dejado de ser incendiario y apela a valores comunes, no únicamente a los de él o sus incondicionales, sino a los de todos. Dejó de ser excluyente para volverse incluyente.

El impacto en la opinión pública ha sido notable en lo que va del año.

De acuerdo con una medición de Social Metric, en la primera semana de enero, en la vorágine de descontento por el gasolinazo, las menciones de López Obrador, que fue cauteloso y legalista en todas sus frases, alcanzaron casi las 13 mil. Para el 16 de enero, sus menciones tocaban las 15 mil, una cifra que se repitió en la última semana de enero, y que fue superada en la primera quincena de febrero, donde en sólo un día, el 13 de febrero, al día siguiente del discurso en Los Ángeles, alcanzó las 18 mil.

La forma como se expresa López Obrador le ha permitido ir ganando conciencias, aun en sectores que antes lo repudiaban, sobre todo en la clase empresarial, y también le ha granjeado un mayor número de espacios en los medios de comunicación, en especial los electrónicos, donde anteriormente estaba muy acotado. Él también ha ido ganando espacios, gracias a comenzar a aceptar entrevistas en medios a los cuales tenía vetados por ser altamente críticos de él.

Esta estrategia rinde resultados inmediatos y se ha visto con claridad en las últimas semanas. Falta mucho para la elección presidencial, pero no tanto en cuanto a cómo despliega su precampaña y su campaña. Lo que ha hecho lo beneficia de una manera tan clara que, hasta este momento, ha ocultado que Andrés Manuel López Obrador, en cuanto a visión de país y programa, sigue siendo el mismo de 2000, 2006 y 2012.
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